El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 13 de abril de 2025

Hasta el final

  

  



   Lc.19:28-40// Del profeta Zacarías: “Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna” (9:9). Con la entrada de Jesús en Jerusalén, a lomos de un burro, se da cumplimiento a esta profecía. Pero, si es un rey, ¿por qué no entra sobre un corcel de manera majestuosa? Eso era lo propio de los reyes que volvían de la batalla. Nuestro Rey, el único y verdadero, viene en son de paz. Humilde. Despacio. Sobre una cabalgadura prestada sobre la cual “nadie ha montado nunca”. Al igual que su sepulcro. Y los discípulos, en multitud, alaban a Dios y esta alegría se contagia por toda la ciudad. Él baja del Monte de los Olivos. La próxima vez que vaya allí le tocará subir. Una dolorosa cuesta que lo sumirá en la tristeza (hasta la muerte) y en una oración agónica. Pero ahora toca la alegría. Le aclaman. Lo vitorean. ¡Hosanna! ¡Hosanna en las alturas!  ¡Bendito el rey que viene…! Entonces, era verdaderamente un rey…Sí, pero no porque estos lo dijeran, pues el Señor no necesitaba del testimonio de nadie. Era rey cuando era alabado y lo será cuando cuelgue miserable como un cuerpo sin vida de un atroz instrumento de tortura ideado por el hombre. La criatura, en el culmen de su rebelde embriaguez,  llega a inventar aquel infame madero para dar muerte a su Creador…

   ¿Cómo es posible que aquel que el domingo venía “en el nombre del Señor”, sea rechazado y condenado a muerte por las masas pocos días después?   Porque nos dejamos llevar fácilmente por la corriente del momento, por el sentimiento... ¿He dicho “sentimiento”? No.. Eso sería algo profundo. ¡Por la “sensación” del momento! Rebaños aborregados que hacemos lo que nos dicen que hagamos…pero no Dios, sino aquellos que pretenden ocupar su lugar. No, no culpemos a nadie. El primer dictador que rige nuestra conducta somos nosotros mismos. Y a éste, lo preferimos antes que a ese Jesús que camina lentamente sobre una modesta bestia de carga.  

   El Señor viene a nosotros, y eso es digno de celebración.  Nuestro papel ahora es seguirlo hasta el final, y no sólo en los momentos de exaltación y algarabía. Él necesitó de ese borriquito; pero no nos necesita ni a ti ni a mí. ¡Somos nosotros los que lo necesitamos a Él! Nuestra vida será una vida de entrega en Cristo o no será. Y conocemos bien cómo acaba la historia…o más bien cómo comienza, porque la historia de la exaltación de nuestro Rey, al igual que la nuestra misma, es una historia de “abajamiento”, de humillación y de servicio. De entrega hasta la muerte, y si es necesario, “muerte de cruz”. Desde allí, desde lo más bajo, es como Jesús fue exaltado, recuperando aquella gloria que tenía desde el principio junto al Padre.

   Hermanos, sabemos que la gloria que ofrece este mundo es vana, vacía, hueca, efímera y que compromete, en no pocas ocasiones, a la única y verdadera. Quien se quiera gloriar, ¡gloríese en el Señor! (2Cor. 10:17). Es ésta la única gloria que vale la pena; por la cual merece ser  entregada toda nuestra existencia. Pongámonos pues al servicio del Crucificado. Sigamos esa comitiva que baja desde el monte de los Olivos, y perseveremos siempre, ¡digan lo que digan!, pase lo que pase, hasta el final; que será el principio... Amén.

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