¿Cómo es posible que aquel que el domingo venía “en el nombre del Señor”, sea rechazado y condenado a muerte por las masas pocos días después? Porque nos dejamos llevar fácilmente por la corriente del momento, por el sentimiento... ¿He dicho “sentimiento”? No.. Eso sería algo profundo. ¡Por la “sensación” del momento! Rebaños aborregados que hacemos lo que nos dicen que hagamos…pero no Dios, sino aquellos que pretenden ocupar su lugar. No, no culpemos a nadie. El primer dictador que rige nuestra conducta somos nosotros mismos. Y a éste, lo preferimos antes que a ese Jesús que camina lentamente sobre una modesta bestia de carga.
El Señor viene a nosotros, y eso es digno de celebración. Nuestro papel ahora es seguirlo hasta el final, y no sólo en los momentos de exaltación y algarabía. Él necesitó de ese borriquito; pero no nos necesita ni a ti ni a mí. ¡Somos nosotros los que lo necesitamos a Él! Nuestra vida será una vida de entrega en Cristo o no será. Y conocemos bien cómo acaba la historia…o más bien cómo comienza, porque la historia de la exaltación de nuestro Rey, al igual que la nuestra misma, es una historia de “abajamiento”, de humillación y de servicio. De entrega hasta la muerte, y si es necesario, “muerte de cruz”. Desde allí, desde lo más bajo, es como Jesús fue exaltado, recuperando aquella gloria que tenía desde el principio junto al Padre.
Hermanos, sabemos que la gloria que ofrece este mundo es vana, vacía, hueca, efímera y que compromete, en no pocas ocasiones, a la única y verdadera. Quien se quiera gloriar, ¡gloríese en el Señor! (2Cor. 10:17). Es ésta la única gloria que vale la pena; por la cual merece ser entregada toda nuestra existencia. Pongámonos pues al servicio del Crucificado. Sigamos esa comitiva que baja desde el monte de los Olivos, y perseveremos siempre, ¡digan lo que digan!, pase lo que pase, hasta el final; que será el principio... Amén.

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