El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

miércoles, 4 de febrero de 2026

Sin límites


   Los límites a Dios se los ponemos nosotros. Él no tiene límites. Su amor por nosotros es ilimitado; y su poder también. Sin embargo, no desplegará toda su obra en nosotros, si no le dejamos hacer. Y esto mismo es lo que ocurre con frecuencia. Solamente le concedemos permiso para entrar en nuestra vida de manera limitada. No tiene todos los permisos. Como esas aplicaciones de móvil a las que no dejamos (con buen criterio en la mayoría de los casos) acceder a todos nuestros contactos, ubicación y galería de fotos. Sin embargo, el Señor sí que debería poder entrar en todo ello, a nuestra vida entera, por completa. Y si bien nuestra vida en la carne, externa, superficial, lo visible en nosotros, es algo muy rico, mucho más profunda y variada, con muchos más recovecos y lugares de acceso más privados, es nuestra vida espiritual. El Señor desea entrar para iluminar, sanar, transformar... Pero nunca lo hará sin nuestro permiso.
   
   Contrasta ampliamente el Evangelio propuesto por la Iglesia para el día de ayer (S.Marcos 5:21-43) con el de hoy (S.Marcos 6:1-6). Porque mientras en el primero nos encontramos con dos ejemplos de una enorme fe, de una confianza osada, de una esperanza que lleva a la acción, quizás movidos por la desesperación, ¡qué duda cabe!, pero fe al fin y al cabo; en el día de hoy el “exceso de confianza” (¿no es éste el carpintero?) pone límites a la acción de Dios en las vidas de los que lo habían visto crecer. Una mujer enferma, la hemorroisa, camina en medio de la multitud sobreponiéndose al temor de ser descubierta como mujer en estado de impureza. Y piensa en su interior que no es necesario molestar al Señor, que basta con acercarse a Él con fe, con tocar ni siquiera la orla de su manto…El poder de Dios se desborda y actúa incluso, ante la sorpresa de Jesús, que no sabe quién lo ha tocado. Por otro lado, un hombre, padre de familia, Jairo, jefe de una sinagoga, vence el temor a la gente de su pueblo y acude a aquel de quien dice es el Mesías, el Cordero de Dios. No importan las amenazas o que pueda ser tachado de seguidor de un farsante…Sabe que si alguien puede sanar a su hija ese es Dios, y que Dios actúa por la fe en Jesús. Conocemos la historia. La niña es devuelta a la vida…Por una fe sin límites. 
   ¿Qué le pasó al rey David? ¿Dónde puso su confianza en el relato recogido en 2Sam. 24:2-17? En el número de efectivos con los que contaba su ejército para salir a la guerra. Por eso mandó realizar un censo, y al ver que su ejército, el de Israel más el de Judá, era muy numeroso, quedó confiado…Pronto se daría cuenta de que su fe, su confianza, su paz, no descansaba en el poder de Dios, sino en el de los hombres, y sintió que había cometido una grave falta... 

   ¿Dónde ponemos nuestra nuestra confianza? ¿Qué es lo que trae paz a nuestras vidas? ¿Comprobar que nuestras cuentas bancarias están saneadas? ¿Sabernos con autoridad y poder sobre los demás? ¿Sentimos bien físicamente? ¿Saber que nuestros seres queridos gozan de salud? ¿Comprobar cómo nuestros planes salen adelante?..¿No será más bien lo que quiere el Señor que encontremos la paz en Él, sean cuales sean las circunstancias que nos rodean? Que acudamos a Él a tiempo y a destiempo; en la tempestad y en medio de la calma; que seamos dependientes de su acción en nuestras vidas, que le demos acceso a toda ella, sin restricciones. Que vivamos en plena comunión con Aquel cuyo poder y amor por nosotros no tiene límites. No siempre se solucionarán los problemas ni la vida se desarrollará conforme la habíamos planteado, pero la paz debe de apoyarse en el hecho de que Dios está ahí, de que siempre ha estado y, si lo dejamos, siempre estará. Nada se le escapa; todo acontece tal y como Él tiene pensado. Basta con que le dejemos ser el Dios de nuestras vidas. Haciendo así, el Señor actuará sin límites en nosotros.

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