(Lam. 3:17-26 // Ro. 6:3-9 // Jn.14:1-6)
Si ayer celebrábamos a todos los santos, es decir, a todos aquellos que gozan ya de la visión beatífica por estar en la presencia del Señor, ¿qué celebramos hoy? Creo que conviene recordarlo de vez en cuando porque es posible que haya cierta confusión. Los santos del Señor están ya en su presencia. Están en el cielo, formando parte de esa inmensa nube de testigos de la que habla San Pablo en Hebreos 12:1. Interceden por nosotros, pues se encuentran en la continua presencia de Nuestro Señor. Algunos son conocidos, y sus nombres llenan nuestros calendarios, pero de la inmensa mayoría de ellos no tenemos constancia ni memoria. Entonces, alguien podría preguntar: ¿es que los fieles difuntos no son también santos? Es decir, ¿no se encuentran junto al Señor y la Virgen ya en el cielo? Pues lo cierto es que no podemos asegurar ni una cosa ni la otra, y es precisamente por esta razón que no podemos dejar de recordarlos en nuestras oraciones, en el sacrificio de la misa y en momentos especiales como el que hoy les dedica la Iglesia. Si nos fijamos bien en lo que hoy se conmemora, dice “fieles difuntos”, lo cual ya nos da una pista de que se refiere a aquellos que han muerto en Cristo, es decir, de aquellos bautizados que han fallecido y cuya fe sólo el Señor conoce. Rezar por sus almas es una práctica piadosa y del todo recomendable y beneficiosa. Si aquel por quien elevamos nuestras plegarias está purgándose, agradecerá el consuelo de ver aligerado su paso por allí, acercándose con mayor celeridad a su destino definitivo junto a Dios. Si por el contrario el alma de nuestro difunto ya hubiera alcanzado la patria celestial, nuestras oraciones bien podrían convertirse en una agradecida intercesión de su parte. En el triste supuesto de que oremos por un alma que en vida renunció a Dios y la salvación ofrecida por Él en Cristo, de nada le serviría nuestra intercesión... Nos movemos por tanto en una situación de desconocimiento en cuanto al lugar que ocupan a día de hoy aquellos por los que oramos, pero la esperanza nos dice que, antes o después, estarán junto a Cristo y que es nuestra obligación de cristianos, el rezar por ellos y ofrecer sacrificios.
Tiempo hace ya de aquella etapa en la cual yo no creía en el purgatorio. Para mí era muy sencillo: o habías aceptado la salvación de Dios en Cristo o no; o estabas destinado a ir al cielo al morir, o a pasar la eternidad en el fuego del infierno. El purgatorio, mal entendido, se presentaba ante mí como un lugar de segundas oportunidades, como una nueva oportunidad de salvación para aquellos que no lo habían sido (salvados, justificados, redimidos) en vida. Era, para mí, del todo inaceptable, pues de algún modo sentía que el purgatorio prescindía de la obra redentora de Cristo. Era otra vía para los rezagados…Gracias a Dios sé que esto no es así y que mi manera de entenderlo era del todo incorrecta. El purgatorio es absolutamente necesario y del todo razonable. Dice el salmo número 15: ¿Quién, Señor, puede habitar en tu santuario? ¿Quién puede vivir en tu santo monte? Solo el de conducta intachable… Y a continuación exponen una serie de comportamientos propios de los santos, de los perfectos, de los que han muerto a esta vida para vivir con y como Cristo nos pide. Es cierto que todos los creyentes aspiramos a esa manera de ser y proceder…Pero no es menos cierto que caemos muchas veces en nuestro intento. Nos queda mucho (al menos sin duda a mí) para haber alcanzado ese nivel de santidad de quien ya vive el cielo en la tierra, del que acepta siempre y con alegría la voluntad del Padre, del que ama de corazón a todos y se da siempre a los demás por delante de sus intereses…El purgatorio es una gracia de Dios, un gesto más de su infinita misericordia. Es el lugar en el que el hijo de Dios es perfeccionado del todo, purificado de aquello de lo que no lo fue en vida. Oportunidades de haberlo sido no nos faltan. No es que todo santo haya de pasar por esta “purga”, la diferencia es que algunos aprovechan mejor las ocasiones que Dios nos da entregándose por completo. Otros, en cambio, vamos tirando…¿Qué sería de muchos de nosotros sin ese último empujón dado por el Señor? Muy sencillo, que jamás podríamos gozar de Su presencia; de la visión de Aquel que es tres veces Santo.
Que la Inmaculada sea consuelo de todas aquellas almas que llenan el purgatorio y que se disponen a entrar, más pronto que tarde, en el gozo eterno de su Señor. Amén.

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