Lc.15:1-3; 11-32// Publicanos y pecadores. Fariseos y escribas. Estos son los dos modelos de actitud que nos encontramos en la archiconocida parábola del hijo pródigo. Está el hijo mayor, el que siempre ha estado ahí, cumpliendo con lo que piensa que su padre espera de él, y en consecuencia poniendo su confianza en ese cumplimiento de las normas de la casa. Se cree merecedor de la herencia por méritos propios, no en vano, siempre ha estado a su lado, dentro de la casa...Al menos en el cuerpo, en la carne. Pero, ¿y su corazón? ¡Ojo con esta actitud! "Merezco la herencia, merezco ir al cielo, ¿por qué? Porque no soy como este hermano mío que se ha ido a vivir con y como los pecadores…" Y es que así actuaban los fariseos y los escribas. Cumplidores de las normas (a su manera, conforme a sus conciencias), pero con un corazón lejos del prójimo y, en consecuencia, lejos de Dios.
Después tenemos al hijo menor, que anticipa de algún modo la muerte de su padre al pedirle la herencia estando éste todavía vivo. Es como si le dijera: “para mí ya no eres nadie”. Es la actitud de quien vive al margen de la existencia de Dios o, habiendo creído en su día, reniega finalmente de Él. Se siente liberado, lejos de sus normas, las normas de la casa, de sus ataduras y correcciones. Lo niega con sus actos y con su nueva forma de vida, a la cual se dirige pensando que es mucho mejor. ¡Por fin libre! Y abusará de todo lo bueno que Él nos da, el cual “hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mt.5:45).
Ambos hijos están fuera de la gracia que sólo se alcanza dentro de la casa del padre, aunque pudiera parecer que esto no es así. Uno porque se ha entregado al mundo; el otro, por creerse justo por méritos propios. Insisto: ambas actitudes nos condenan. En consecuencia, el camino correcto será siempre el del arrepentimiento. ¡En ambos casos! El de sentir que nada merecemos ante Dios y que nada hay en el mundo mejor que vivir en la Casa del Padre, a la cual tenemos acceso únicamente por los méritos alcanzados por su Hijo en la Cruz. El hijo menor hubo de darse cuenta abrazando el mundo con todas sus fuerzas. Y esto le salió muy caro, pero le sirvió para darse cuenta de lo que había hecho: "he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo". El mayor, si verdaderamente hubiera servido a su padre poniendo su corazón en ello, habría actuado como él: con entrañas de padre. Porque eso es precisamente lo que se nos pide a los cristianos, a aquellos que hemos nacido a una nueva familia en Cristo, la familia de la Iglesia. Se espera que aprendamos a actuar como aquel Padre que nos ha acogido. Si no actuamos como Él, es que nuestro corazón está lejos de Él: "Este pueblo dice que me pertenece; me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí". (Is.29:13)
Ya sea que estemos lejos; ya sea que estemos en la casa, revisemos nuestra conducta. ¿Dónde está verdaderamente puesto nuestro corazón? ¿Dónde nuestro tesoro? ¿Seguimos teniendo un corazón de piedra que confía en nuestro frío y calculado cumplimiento de las normas? ¿Nuestra falta de humildad no permite que reconozcamos que nosotros también estamos necesitados de la misericordia del Padre? ¿No somos capaces de alegrarnos de la salvación de la almas, por muy alejadas que estuvieran de Dios en el pasado? Todos estábamos muertos y hemos revivido; estábamos perdidos y (quiéralo el Señor) hemos sido encontrados. A todos digo por tanto: Es el momento de levantarse y de ponerse en camino adonde está nuestro Padre, el momento de volver a casa.
Amén.

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