El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

lunes, 30 de junio de 2025

La dicha del perdón



   Pienso que si de algo va la fe cristiana es del perdón. Sí, el perdón. No pretendo reducir el Cristianismo a una religión basada en perdonarlo todo y a todos, porque no es a eso a lo que me refiero, y además el excesivo reduccionismo nos llevaría al error (o peor aún, a la herejía). Lo que quiero decir es que toda nuestra fe se cimenta sobre el hecho indiscutible de que Dios nos ofrece su perdón...

   Son muchas las cosas que redescubrí con grata sorpresa, y casi diría que con los ojos y la ilusión de un niño, cuando dejé la confesión evangélica para volver definitivamente a Roma. Pero si he destacar una por encima de todas, ésta es la del sacramento de la Confesión. Cuando era protestante imploraba a Dios por el perdón de la falta cometida. Tras un tiempo de oración, de dolor por mis pecados y de la lectura de la Palabra de Dios, en especial alguno de los salmos penitenciales (el 6, 32, 38, 51, 102, 130 y el 143 en la numeración hebrea), llegaba a convencerme de haber sido perdonado. La sensación era la de creer que había obtenido el perdón de Dios, y no soy quien para negar que así lo fuera. Sin embargo ahora, cuando el mismo dolor me aqueja, realizo la misma oración, recorro las mismos salmos...Y soy perdonado por el Señor a través de un sacerdote de Dios (Jn. 20:23) acudiendo a la Confesión. Salir del confesonario es sentir verdaderamente que has sido perdonado. La diferencia entre creerlo y sentirlo es grande; el fruto más palpable que los distingue: la alegría genuina del saber que has sido perdonado. Y unido a esa dicha, la fortaleza para enfrentarte de nuevo a las acechanzas del enemigo. El espíritu es renovado y fortalecido para una mayor firmeza. La alegría de la salvación nos es devuelta (Sal. 51:10-12). No tengo palabras para describirlo. Se trata de algo del todo extraordinario. 

   Bien es cierto que este tesoro que hemos recibido, que no es otro que el de poder vivir de nuevo en un estado de gracia para con Dios, lo guardamos en vasos de barro. Y que por tanto será necesario acudir una y otra vez a ese perdón que Dios nos ofrece en virtud del sacrificio que hizo su Hijo en la Cruz. No, nuestro perdón no es gratuito. La justicia exige que alguien pague por las transgresiones. Así lo dispuso Dios, por amor a nosotros: Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros (Ro. 5:8).

   La diferencia entre el cristiano y el no creyente no es que el primero se crea un ser superior por asistir los domingos al sacrificio de la Misa (por cierto, mismo sacrificio en virtud del cual tú y yo podemos ser perdonados). A menudo se nos llama "hipócritas" a los creyentes. Por ignorancia (y para justificarse) lo hacen. La diferencia estriba en que los primeros somos más conscientes (aunque nunca lo suficiente) de nuestras imperfecciones, de nuestras faltas, de nuestra necesidad del perdón y de la misericordia de Dios. Acude a la iglesia aquel que desea ser santo, no el que piensa que ya lo es (Mt. 9:12). Y la santidad no es posible sin recibir el perdón de Dios, y éste, a través de su Iglesia. Aquel que no cree, no es que rechace su perdón, ¡es que no acepta el hecho de necesitar ser perdonado! No concibe que haya transgredido ley divina alguna.  Siente que no le debe nada a nadie. Pero el Salvador murió por todos porque TODOS necesitamos ser salvados; el perdón se nos ofrece a todos, porque TODOS somos transgresores. Como dice el Apóstol: no hay nadie que haga lo bueno, ¡ni siquiera uno! (Ro. 3:9-12)...

    Soy consciente de que aceptar esto requiere de una cosa: humildad. De la humildad suficiente como para sentir nuestra verdadera pequeñez, así como nuestra absoluta dependencia de Dios. Nada tenemos que no nos haya sido dado por Él (1 Cor. 4:7). ¿Y no vamos a aceptar el perdón que nos ofrece? Quizás sea el momento de ponerse de rodillas en un confesionario y clamar: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí porque soy un pecador! 



Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, cuyos pecados son cubiertos. 

Salmo 32:1



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Iván.


   

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