El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 23 de marzo de 2025

Si no os convertís...

 


   Lc. 13:1-9// Hemos sido elegidos, como lo fuera en primer lugar el pueblo de Israel. Y éste, en su desobediencia, provocó que aquel pueblo que no era considerado pueblo (los gentiles) fueran objeto del llamado de Dios provocando así celos en el pueblo de su amor primero (Ro. 9:25). Por tanto, su desobediencia fue en nuestro beneficio, porque la elección se extendió tratando de buscar un pueblo que correspondiera al amor de Dios. Ahora bien, esto lo que demuestra es aquello mismo que podemos leer en el libro del Éxodo y que hoy, podemos también aprender de la epístola a los Corintios cap. 10, es decir, que una cosa es haber sido elegido, y otra alcanzar la salvación. Repito, una cosa es el llamado a ser salvo, y otra muy distinta, el llegar a alcanzarlo. Y éste es el resumen de aquello de lo que os quería hablar hoy. Porque hay denominaciones cristianas que enseñan que quien es llamado, ya es salvo, o si se quiere decir de otra forma, que el que ha creído, ya ha recibido la salvación irrevocable de Dios. Por otro lado, hay hermanos que, sin haberse parado a pensar en si esto es una doctrina o enseñanza de la Iglesia, viven como si así lo fuera. Pues quienes viven en la firme convicción de que el hecho de estar bautizados; de que el hecho de acudir los domingos a la iglesia; y de que por el mero hecho de no ser “malas personas” y de vivir “dejando vivir a los demás”, les garantiza la entrada al Reino de los Cielos…Camino de perdición es éste, pues el mismo san Pablo dirá, “no creo haberlo alcanzado ya…” (Flp.3:13). Y en otro lugar, “ocupaos de vuestra salvación con temor y temblor” (Flp. 2:12).

   Os animo a releer ese pasaje de 1ª de Corintios 10 que nos propone hoy la liturgia. En éste se nos recuerda cómo todo el pueblo que se hallaba bajo el yugo de Faraón fue liberado. Como todo el pueblo cruzó el Mar Rojo, signo de nuestro bautismo. Como todo el pueblo comió del maná y bebió de la roca, símbolos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Habían sido elegidos. ¡Fueron llamados a salir de la esclavitud del pecado! “...pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios”.

   Pensemos ahora en la parábola que nos enseña el mismo Cristo. La higuera estéril. No se trata de una higuera silvestre de las que crecen al borde del camino. No. Es una higuera plantada en el huerto de Dios. Una higuera de la que se espera dé frutos, aquellos para los cuales fuimos creados en Cristo Jesús, es decir renacidos en Él por la fe y el bautismo. (Ef. 2:10). Y esa higuera, a pesar de ser de Dios, es propuesta para ser cortada. Pero Jesús, como buen viñador,  es compasivo y misericordioso (Sal. 103:8) y tiene paciencia para con nosotros. Nos seguirá llamando, seguirá trabajando en nosotros (en la medida en la que nosotros le dejemos) y esperará a ver si damos fruto. Estamos en ese año de gracia en el cual se espera de nosotros una verdadera conversión. Que seamos verdaderamente de Cristo, no sólo por haber sido llamados sino porque nuestra obediencia, nuestra fe, nuestra esperanza y caridad, sean conforme a Cristo. “Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo” dice el Señor. Es decir, que nuestro destino, tras la muerte, no será muy diferente del de aquellos que han vivido al margen de la existencia de Dios. Sí, la vida de fe es exigente. Sí, la vida de fe es diferente a la del mundo. Y sí, la vida de fe en Cristo es el camino de salvación al que hemos sido llamados los elegidos. Glorifiquemos pues a Dios con nuestras vidas, y pidámosle a la Inmaculada que no permita que nos conformemos al mundo, alejándonos así del propósito al cual fuimos llamados de seguir a su Hijo.

Amén.


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