El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 16 de febrero de 2025

Levantando los ojos hacia sus discípulos...

   


   Lc.6:17,20-26 // ¿A quién se dirige Jesús cuando les enseña todo aquello que les va decir en el llamado Sermón de la Llanura? A sus discípulos. Levantando los ojos hacia sus discípulos, dice el pasaje. Y tú y yo, ¿somos discípulos de Jesús o somos meros simpatizantes? Creo que deberíamos analizar hoy hasta qué punto somos discípulos o sólo seguidores. Porque si te consideras y llamas cristiano, tienes una responsabilidad para con los demás y un compromiso de vida para con Cristo, el cual cabe recordar murió para que que así hicieres; hiciéramos. Se dirige a los discípulos, a los comprometidos, a los que se quieren identificar con Él hasta las últimas consecuencias. Se dirige a los pobres, a los que no tienen nada o, teniéndolo, viven como si nada tuvieran; se dirige a los hambrientos, a aquellos que saben que nada podrá saciarles plenamente aquí en la tierra; a los que lloran, porque viven en un destierro anhelando algún día alcanzar la patria celestial; a los que, como consecuencia de que son discípulos, de que llevan las marcas del Nombre sobre sí, son señalados, rechazados, acusados injustamente, despreciados por el mundo, tenidos por desgraciados…

   El discípulo de Cristo sigue a un Jesús que le acompaña y, al mismo tiempo, espera en aquella morada que le ha preparado (Jn.14:2-4), cuyo camino nos ha mostrado como verdadero, por medio del poder de Su resurrección (Ro.1:4). Pone la mirada en las cosas del cielo, y no tanto en las de la tierra (Col.3:2), pues éstas no son más que medios pasajeros para alcanzar aquellas. El discípulo vive con la firme convicción de que aprovechar la vida (vivir la vida) no es disfrutarla por medio de la carne, sino progresar en la vida espiritual, aprovechando toda ocasión para ello. La vida es corta, conviene gastarla en la búsqueda de la santidad (Heb.12:14), para que seamos “lo más santos posibles, para la gloria de la Inmaculada y la mayor gloria de Dios”, parafraseando a San Maximiliano M. Kolbe, cuyo nivel de perfección en la caridad le llevó a elegir morir en el lugar de otro, a imitación de Aquel a quien seguía. 

   El simpatizante sin embargo, querrá vivir esta vida sin dificultades ni penas. Es más, su relación con Cristo se basará en que Éste le allane el camino todo lo posible, para beneficio propio. Esto supone vivir como aquel que ha puesto su esperanza en Cristo sólo en esta vida, con lo que su desgracia es manifiesta (1Cor.15:19), pues no se trata de vivir bien aquí, como si en esta tierra pudiéramos encontrar el paraíso perdido. La muerte y la resurrección de Jesús no fueron accidentes que podrían no haber acontecido. ¡Constituyen el Misterio mismo de nuestra fe!  Sin ellos, seguiríamos muertos en nuestros pecados y abocados a recibir el justo castigo por nuestras transgresiones al momento mismo de morir. Una eternidad sin Dios que, nada de lo que aquí y ahora pudiéramos vivir, podrá compensarlo jamás. No. Jesús no es un mero milagrero dispuesto por Dios para hacernos la vida un poquito más fácil. ¡Contemplemos su vida! ¡No fue sencilla! Pero fue la que el Padre le pidió, y Él, en santa obediencia, se sometió a Dios en todo. Y Aquel a quien se sometió, lo someterá todo bajo sus pies (los de Cristo) al final de los tiempos, en premio por su obediencia…(1Cor.15:20-28).

   En definitiva hermanos, estamos a tiempo de rectificar, si es que ésto fuere necesario, de esforzarnos un poco más en esta carrera hacia la meta eterna, de vivir como quien verdaderamente cree en la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, porque afirmamos y creemos que los muertos resucitarán, unos para condenación eterna y otros, conforme a nuestro deseo y esperanza, para la vida eterna junto Aquel por quien vivimos cada día (Dan.12:2; Jn.5:29). Amén.

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Iván.

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