El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 2 de febrero de 2025

La respuesta definitiva

 



   Lc. 2:22-40// En la epístola a los hebreos, capítulo 11, San Pablo nos habla de aquellos que vivieron creyendo en las promesas de Dios. Estos, caminaron alimentados de esa esperanza y, aun viendo signos y prodigios en sus propias vidas, no gustaron lo que ahora, en estos tiempos finales, nos ha tocado ver y vivir a los demás. Es decir, todo lo referente al Verbo de Dios. Vivieron pues por la fe en la promesa de una descendencia innumerable, de en medio de la cual surgiría el Cristo, en quien serían benditas todas las naciones…(Gál. 3:6-8).

   Ahora pues, al final de los tiempos, el Salvador ha nacido, en Belén de Judá, la ciudad de David, de la tribu de Judá, hijo de Jacob (Israel), hijo de Isaac, primogénito de Abraham y Sara. Y a este Jesús, que es la respuesta definitiva a todas las promesas de Dios a los patriarcas, le esperaban algunas personas de corazón humilde y vida sencilla. Sabían que el tiempo estaba por cumplirse. Tenían una “sensibilidad” especial por las cosas de Dios. Llenos del Espíritu Santo, supieron mantener viva su llama, con el trato frecuente y cercano a Dios, su Padre. Hablo, entre otros, de Simeón y de Ana. Que estaban en el Templo. ¿Dónde si no? Y que allí reciben la visita de Aquel a quien llevan tanto tiempo esperando. El tiempo se ha cumplido. Aquello que tantos y tantos soñaron con ver algún día, y que sólo pudieron imaginar y gustar de lejos, ahora ellos lo iban a contemplar. Un hombre, una mujer y un niño; el Niño. El Hijo del Altísimo. El Cordero de Dios que viene a quitar el oprobio de su pueblo. El Santo de Israel. La luz de las Naciones. Y María, con José, lo traen, para iluminarnos a todos. En el cumplimiento de la tradición judía, habían transcurrido 40 días desde su nacimiento. El niño se ofrece a Dios, se le entrega, se le da…Y se le rescata de nuevo. En este caso, por “un par de tórtolas o dos pichones”. 

   Jesús, signo de contradicción. Causa de salvación y de condena al mismo tiempo. Piedra de tropiezo. El Hijo de Dios es devuelto a sus padres. No ha llegado el tiempo. El niño ha de crecer en tamaño, gracia y sabiduría. Llegará el día en el cual será Él mismo quien se ofrezca, ¡como víctima expiatoria! Para pagar por los pecados de los hijos infieles. El justo por los injustos. El Santo, por los pecadores. Dudo que Simeón y Ana vivieran todavía 30 años más para ver, con un corazón traspasado como por una espada, el altar cruento sobre el cual Jesús, ese pequeño que ahora colmaba todos sus anhelos, era mortalmente ofrecido por ellos; por todos.

   Que sepamos nosotros también, privilegiados como somos por poder ser testigos de la revelación completa de Dios en Cristo, esperar siempre llenos de fe y de esperanza, ofreciéndonos a Dios y a los otros por la caridad. La ofrenda de Jesús es renovada cada día sobre miles de altares. Unámonos pues junto a Él, para que seamos también elevados como ofrenda grata a Dios Padre. Amén.



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Iván.

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