El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 5 de enero de 2025

Sea la Luz

 




   Jn.1:1-18 // “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.” (Gén.1:1-3). En ese mismo principio de todas las cosas estaba Dios, que es el único que es antes de todo lo creado, pues por Él fueron hechas todas las cosas y, antes de Él, no hay nada ni nadie. Él es EL QUE ES (Ex.3:14)...

   Y con Aquel que es y ha sido siempre, estaba el Verbo. Antes del tiempo y del espacio. No como una divinidad más, no como otra entidad aparte, sino que el Verbo mismo era y es Dios. Y no sin Él, se hicieron todas las cosas desde el principio. Esto es lo que quiere dejar claro San Juan al comenzar su evangelio. No pretende que sea comprendido, pues estamos ante el mayor de los misterios de nuestra fe, el de creer que existe un Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, pero sí aceptado y proclamado como verdad de fe. 

  Así como la luz del Sol fue creada para disipar las tinieblas del mundo, la Luz del mundo (Jn.8:12), el Unigénito del Padre, visitó su Creación para ser luz en los corazones de los hombres, habitando entre ellos, con ellos y, finalmente, en ellos. Cristo, el Creador de la Vida, vino a devolvernos aquella vida perdida en el Edén, en el principio…Pero al igual que en la parábola de los labradores malvados el hijo del dueño de la viña es rechazado a golpes hasta hacerlo morir fuera de su heredad (Mc.12:1-12),  el Hijo es resistido vez tras vez por nuestras infidelidades. Nos aferramos a algo que no es nuestro, sino que nos ha sido dado, hasta el punto de preferirlo con todos sus defectos antes de aceptarlo en plenitud. En efecto, nuestra vida aquí en la tierra es imperfecta, y por ello, más orientada a servirnos a nosotros mismos que a reflejar la gloria de Aquel por quien estamos hoy aquí. El hombre prefiere las tinieblas a la luz, porque sus obras no son buenas, y la luz las pone al descubierto (Jn.3:19). “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”.

   Leer el comienzo del Evangelio según San Juan (te animo desde aquí a que lo leas hasta el final) nos impele a poner la mirada en el lugar adecuado: el de un misterio insondable, el de la naturaleza de Dios. Un misterio que jamás podremos soñar con abarcar, y que habla por sí mismo de nuestra pequeñez y del lugar que nos corresponde ocupar como criaturas finitas. “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” (Sal.8:4). Sin embargo, es Éste el dios que nos dio la vida, una vida que sólo será plena (Vida) si se deja iluminar por la luz de Su Hijo, Aquel de quien deja por escrito el apóstol San Juan que era en el principio, y que estaba con Dios, y que era Dios... Amén.

 


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