Jn.2:1-11// 6 tinajas de unos cien litros cada una…Eso nos da un total de 600 litros de vino. Suficiente para varias bodas. Y es que a lo que apunta este signo, el primero de los que Jesús realizó, es a la abundancia de su gracia. Efectivamente, el sacrificio de Cristo en la cruz, su sangre derramada en favor de los pecados del género humano, son suficientes para redimirnos a todos, hombres del pasado, del presente y a los que están por venir. Dios desea que todos se conviertan y salven, por el conocimiento de la verdad (1Tim.2:4), y la verdad es Cristo, mediador entre Dios y los hombres. Sin embargo, y aunque todos estamos invitados a esa boda, las bodas del Cordero, en las cuales no faltarán tampoco (como en Caná de Galilea) María, la madre del Señor, ni sus discípulos, no todos asistirán. Es más, me atrevería a afirmar que aunque Dios ama a todas sus criaturas, sólo algunas, apenas un remanente (Sof.3:12) verdaderamente corresponderá a su amor, pues es necesario que nos convirtamos y lleguemos al conocimiento de la verdad, como decíamos al principio. Pero, “¿quién ha creído nuestro anuncio?” se pregunta el profeta…(Is.53:1).
El signo de las bodas de Caná fue manifestación de la gloria de Jesús. Y aunque su intervención en favor de los novios y los convidados implicaba de algún modo un adelanto de su hora, no rehusó el llevarlo a cabo. Él vino a sujetarse a los designios de Dios Padre, a realizar sus obras, sin embargo, los acontecimientos podrían seguir otros tiempos si quien interviene en la historia es precisamente su madre, la Madre de Dios. No se nos escapa que fue ella quien, alertada por la falta de vino, buscó la solución acudiendo a su Hijo. Ella sabía que Él daría oportuna respuesta al problema.
No, la falta de “vino” no será obstáculo para nuestra salvación. El sacrificio fue uno y suficiente; una vez para siempre para hacernos salvos (Heb.10:10,14). El obstáculo está en nosotros, en nuestro corazón, en nuestro apego a la vida presente, en nuestro deseo constante de embriagarnos de aquello que no aprovecha, no al menos para la vida eterna. Falsos vinos y licores, alcoholes adulterados para deleite, efímero, de la carne y los sentidos. En contraposición, el vino de Jesús era mejor que el buen vino que ofrecieron los novios de Caná. Aquel vino es el único que puede colmar los anhelos del hombre. Por eso María quiso y quiere todavía hoy que gustemos de él, del sacrificio de su HIjo, para nuestra salvación. Agua y vino; sangre y agua. Ambos dan testimonio de ese sacrificio, del Nuevo Testamento, de la Nueva alianza en su Sangre. Son testigos, junto con el espíritu (1Jn.5:8). Lo fueron en Caná y lo serían en la cruz. Y María, en ambos escenarios, como una testigo más. Por ello, pidámosle a esa intercesora de excepción que es María Inmaculada, que nunca falte el vino bueno y nuevo en nuestra “hacienda”. Este vino es la sangre del Cordero de Dios, derramada por nuestra liberación. No dejemos de acudir pues al banquete de la Eucaristía, anuncio y preparación para las bodas que nos aguardan en el cielo, a aquellos que sí deseamos verdaderamente responder a su llamado.
Amén.

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