"María se levantó y se puso en camino...
El Espíritu Santo impulsó a María a ponerse en movimiento. Comienza lo que podríamos llamar la vida pública de Nuestra Señora. Hasta ahora María había sido una niña buena, muy buena. Pero no me refiero a esa bondad intrínseca a todo pequeño que, en su desconocimiento de lo que está bien y lo que está mal, comete errores sin mala intención. María seguramente destacaría por su sencillez, por su humildad, por su disposición al servicio, por su anticipación en la ayuda al otro, por su sujeción a los mayores…Lo que llamaba la atención de ella era, precisamente, que no llamaba la atención. Estaba como si no estuviera, haciéndose sentir únicamente en la ayuda y el apoyo que prestaba a quien lo necesitaba. Madura para su edad, guardaba en su corazón todo lo que vivía a su alrededor, atesorándolo como un depósito de sabiduría. ¿Quién podría imaginar lo que le acontecería a los 15 o 16 años de edad a esta joven de Nazaret? Nadie; ni siquiera ella. Pero al escuchar al ángel comprendió, y no rechazó, el encargo del Señor. Lo aceptó libre y plenamente, y ahora sí, empezó a entender muchas de las cosas que le habían pasado durante su “vida oculta”.
María recibió dos noticias en la mañana de la Anunciación: que sería la madre del Salvador por un lado, y que su prima Isabel estaba encinta desde hacía seis meses. No era momento de ocuparse de sí misma, nunca había sido su manera de proceder. María visitaría a su pariente, mayor para tener un hijo, a pesar de tratarse de un viaje de 4 o 5 días. Seguramente aprovecharía alguna caravana que fuera hacia Jerusalén. Después, desde allí, quedarían unos 7 km hasta Ain Karim, lugar de la residencia de Zacarías e Isabel. Y llegó a su destino, y trajo la alegría a esa casa, (¡hasta el pequeño Juan se alegró!), porque llevaba con ella al Salvador y la buena noticia de la redención. Y es que si ese niño era quien el ángel decía que era, entonces Dios no se había olvidado de su pueblo, y todo lo dicho por los profetas era cierto. Se acabó la espera. Dios salvaría a su pueblo de sus pecados por medio de su Hijo: Jesús. Isabel se llenó del Espíritu Santo, y por medio de éste comprendió y anunció, y así quedó recogido por el evangelista San Lucas, que María es la bendita entre todas las mujeres, la Madre del Señor.
Recibir la visita de María, la Madre de Dios, siempre trae alegría. Una alegría mucho más profunda que la que pudiera provocarnos cualquier otra noticia, porque ella nunca viene sola. Ella es Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad. Con ella está siempre Dios; con ella nos visita siempre su Hijo. Lo trae en lo más hondo de su ser, y lo comparte, lo revela, y lo hace desde su pequeñez, la pequeñez de un niño, un niño en el cual cabe todo un Dios omnipotente. Tendemos a querer ver a Dios alzando la vista a los cielos, en cuya infinitud se pierde nuestra mirada. Sin embargo, las figuras del Misterio, siempre miran hacia abajo. Busquemos a Jesús en la pequeñez de lo concreto. Él está ahí: “El que recibe en mi nombre a un niño como este me recibe a mí, y el que me recibe a mí no solo me recibe a mí, sino al que me envió.” (Mc.9:37). María lo mira; míralo tú también. Pero no nos quedemos tampoco en una mera contemplación, sino que ésta, una vez guardado en nuestro corazón lo que nos haya sido revelado, nos ha de levantar y poner en camino…Amén.

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