El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 3 de noviembre de 2024

Amor al prójimo por amor al Padre



Mc.12:28b-34 // “No estás lejos del reino de Dios…”

No sería maravilloso poder escuchar de boca de Nuestro Señor esas mismas palabras dirigidas a nosotros? “No estás lejos del reino…” Y no estar lejos no quiere decir que ya estemos allí, o que ya hayamos alcanzado algo, pero sí que son palabras que nos han de animar a dejar todo atrás y proseguir hacia la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo (Flp.3:13-14). 
El escriba se acerca a Él y le pregunta. Es conocedor de la Ley y por la respuesta que reciba del Carpintero de Nazaret podrá saber si se trata de alguien que trae una doctrina nueva, que viene a romper con las tradiciones de los padres, o si verdaderamente podríamos estar ante un nuevo profeta y, quien sabe, ante aquel sobre quien profetizó el mismo Moisés: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará el Señor tu Dios; a él oiréis” (Dt.18:15).
La pregunta es sencilla: ¿Cuál es el primero de los mandamientos? Y la respuesta del Señor va directa al corazón de la Ley, y tocará el corazón de quien le interroga:  “Escucha Israel…” La proclamación de la Shemá, como haría Moisés doce siglos antes (Dt.6:4ss), muestra a las claras que la Ley de Dios es inamovible, eterna (Sal.111:7-8) pues es santa, justa y buena (Ro.7:12), y por tanto ha de ser escuchada y observada, y no sólamente oída o conocida. En efecto, la Ley no puede quedar como una lista de preceptos a conocer e intentar cumplir, sin más. Si así fuera, ésta jamás podría pasar de las planchas de piedra sobre las cuales fueron grabadas, a los corazones de los verdaderos hijos de Dios (Dt.6:6). ¡Y ésta, amigos míos, es la clave de la enseñanza de hoy! Que el amor a Dios, primero y principal de los mandatos divinos, conlleva de manera indisoluble el amor al prójimo. Jesús, a quien únicamente le preguntan por el primero de los mandamientos, contesta añadiendo un segundo: “y amarás al prójimo como a ti mismo”, y lo pone al mismo nivel que el anterior, pues dice: “no hay mandamiento mayor que estos”. Llegados a este punto,  me interrogo a mí mismo, y también a quienes tenéis a bien  leer estas pobres líneas: ¿es posible cumplir el precepto primero sin el segundo? Y os respondo: sí, en la teoría; no, en la práctica. Porque si me centro en un amor a Dios basado únicamente en prácticas de piedad, o exclusivamente religiosas, es muy posible que esté cumpliendo más conmigo mismo que con Dios. ¡Ojo! Es absolutamente necesaria la oración y las prácticas religiosas, de las cuales ninguna tan sublime como la participación en la Santa Misa. Y todo ello como expresión, comunión y participación con Aquel Dios al que amamos. Lo que nos dirá si mi relación con Dios es la adecuada, si la estoy viviendo como Él desea y manda, si está dando los frutos que de esa religiosidad se esperan, será mi relación con el prójimo. Mi relación con Dios, el participar de Él, me ha de ir haciendo poco a poco más como Él. Nos ha de divinizar. Y si Dios se caracteriza por algo es por amar, y hacerlo hasta el extremo. 
El escriba salió reconfortado de escuchar la respuesta de Jesús. Le llega a llamar Maestro y a confirmar que, efectivamente, no hay sacrificio que supere el amor al prójimo por amor al Padre. (Sin duda la perfección de este holocausto sólo lo hallaremos en el sacrificio de Cristo). Pero la teoría nunca será suficiente, por ello, el escriba “sólo” estaba cerca del reino y no en el reino, todavía...



Que Dios os bendiga.

Iván.

AMP+

1 comentario:

  1. Impresionante, Iván. Pero...qué difícil. Mil gracias, porque estas preguntas se quedan sembradas y van dando "toques" al corazón.

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