El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 24 de noviembre de 2024

El Rey de la Gloria

   


   Jn.18:33b-37// “¿Eres tú el rey de los judíos?” Y no sólo del pueblo judío, sino de todas las naciones (Is.49:5-6). Y sin embargo, a pesar de esa realeza de dimensiones cósmicas (“mi reino no es de este mundo”) que hoy celebra la Iglesia entera, nos encontramos con que aquel que le preguntaba acerca de su pretendida realeza, no es más que un gentil con cierto poder en la tierra, al menos entre los suyos, y que puede decidir acerca de la muerte del Cristo. ¿Cómo es esto posible? ¿Los poderes del mundo confabulándose a una en contra del Rey del Universo? (Salmo 2). Estamos tan acostumbrados a estas escenas del Evangelio que para nosotros pareciera que no tienen mayor importancia. Sin embargo, es bueno acercarse a estos episodios trascendentales de la Escritura como si fuera la primera vez. El Dios hecho hombre, que venía a restaurar todas las cosas, a salvar a los hombres de su ignorancia, a punto de ser ejecutado por decisión de unos poderes del todo terrenales, por personas que ayer estaban y hoy ya no. Poderes religiosos, políticos y fuerzas militares decididas, junto con el fervor contagioso de un pueblo siempre ávido de malsanos espectáculos, a terminar con un ¿farsante? con ínfulas de grandeza. Pero en todo ello se cumplía lo que los profetas anunciaron siglos antes…

   ¿Puede ser ese mismo Jesús, el que fue colgado de una cruz acusado de blasfemia, aquel que vendrá en poder y gloria? “El que es, el que era y el que ha de venir”, dice San Juan en el libro del Apocalipsis (Ap.1:8); aquel hijo de hombre que viene entre las nubes y al cual se le dará todo honor, reino y poder eterno, sobre todas las naciones y lenguas, según el profeta Daniel (Dn.7:13-14). Pues sí, lo es. Pero para que esto acontezca, había de pasar lo primero. Pues fue necesario que la exaltación del Cristo fuese precedida por su humillación. Aquel que era (y es) Dios, no se aferró a tal condición, sino que se rebajó a la condición de siervo para morir de manera ignominiosa (Flp.2). ¿Todo ello lo deslegitima para ser rey? ¡En absoluto! Sino que lo revela como el verdadero Rey del mundo, el único capaz de habitar en los corazones de los hombres. Él vino a servir, no a ser servido. Vino a dar la vida por nosotros (Mt.20:28). Y por su humillación nosotros podemos ser levantados de la servidumbre del pecado a la cual estamos sujetos. Dios se humilla y se hace servidor del hombre, para que éste deje de servir al pecado y pueda ser exaltado junto a Aquel que lo ha liberado. Ese es el programa del reinado de Cristo en la tierra. Y puesto que se humilló en obediencia al Padre, Éste lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre: Jesús. ¡Arrodillémonos ante Él, pues es el Rey de la Gloria! (Sal. 24:8).

   Aprendamos pues cual es el camino a seguir por todo aquel que quiera algún día reinar junto al Rey de reyes Jesucristo. Humildad, servicio, entrega…Dice San Pablo (2Tim. 2:11-12) “Si somos muertos con Él, también viviremos con Él; si sufrimos, también reinaremos con Él”. Su vida es pues la única lección de vida que hemos de aprender para llegar a ser parte de Su Reino, aquella que han adoptado durante siglos tantos santos de Dios. 


¡Viva Cristo Rey!


Iván.

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