Jn.6:51-58// Tres actitudes ante al Sacrificio Eucarístico:
a) Pensar que es un escándalo creer que el pan se convierta en la verdadera carne y el vino en la verdadera sangre de Cristo. Esta reacción ya la tuvieron muchos de los discípulos al escuchar las palabras de Jesús, las cuales consideraron duras de oír , es decir difíciles de aceptar, y dejaron de seguirlo (Jn.6:60,66). Vemos pues que apartarse del Señor por causa de la Santa Comunión es algo que ocurrió ya desde el principio. No nos sorprenda por tanto que los protestantes, aunque no todos en la misma medida, no acepten la transubstanciación que sí defiende y vive la Iglesia Católica desde siempre.
b) Otra actitud es la del católico tibio que, si bien de palabra pudiera decir que cree en la presencia real del Cuerpo de Cristo en la Hostia, esto no tiene mayor relevancia para su vida. En consecuencia, o no comulga nunca (normalmente ni va a la iglesia salvo ocasionalmente para rezar) o sólo en momentos puntuales de su vida. Normalmente sí que lo hará con la debida predisposición, pero como digo, en ocasiones muy puntuales.
c) El siguiente caso es el de aquel o aquellos que creen, pero no viven con la grandeza de lo que dicha fe exige. Me explico. Desean participar del sacrificio incruento de la Comunión, pero su vida no está en comunión con el Misterio que desean recibir. En vez de poner primero en orden sus vidas, y aquello que por enseñanza de la Iglesia es sabido que les impide participar plenamente del Banquete Eucarístico, participan. Y sabido es también que esto, no sólo es un escándalo para la fe del resto de hermanos, especialmente para los más débiles que pudieran verse confundidos acerca de la exigencias requeridas para comulgar, si no que además con dicha práctica se condenan a sí mismos (1Cor.11:27).
El Banquete Eucarístico, la Mesa del Señor, la Santa Cena, no sólo fortalece en el espíritu a quien participa plenamente de ella, sino que nos invita e impele a llevar una vida de continua preparación; de misa en misa, de eucaristía en eucaristía. Y el pecado, vivido como verdadero impedimento para comulgar por afectar a nuestra relación con Dios, nos ha de espolear a una mejor preparación para la siguiente participación, no a un sacrificio nuevo, sino siempre al mismo; al único. Y así, acudiendo al banquete que se celebra aquí en la tierra, vez tras vez, nos preparamos para el último y definitivo, en el cual desearemos ser hallados con el debido atavío, es decir vestidos de bodas (Mt.22:11-13), las Bodas del Cordero (Ap.19:9).
“Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”
Que Dios os bendiga,
Iván.
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