Jn.6:60-69// Nos guste o no, la fe es una. No podemos cambiarla ni pretender que se amolde a nuestros gustos o preferencias. La fe es la que es. Y no sólo digo que nosotros, los laicos, no tengamos la capacidad de cambiarla, sino que nadie puede. Y si alguno con autoridad dentro de la Iglesia pretendiera cambiar aquello que por siempre se ha defendido y guardado como parte del depósito de la fe, el tal estaría cometiendo un gravísimo error, condenándose a sí mismo y a aquellos a los que arrastrara. Por ello, sería bueno como creyentes que dedicásemos tiempo a conocer más a fondo nuestra fe, aquella que profesamos, aquella que vivimos, aquella que hemos de defender y en la cual hemos de permanecer siempre firmes (1Cor.16:13).
Cuando el Señor habló abiertamente de la necesidad de comer y beber su cuerpo y su sangre, es decir de la necesidad de comulgar, como alimento espiritual que salta a la vida eterna, muchos se escandalizaron, se echaron atrás: “¿Quién puede hacerle caso?” Que una enseñanza choque con nuestros esquemas mentales, con aquello que nos han enseñado o con lo que resulta más “amable” a nuestros oídos, no quiere decir que no sea adecuada, ni digna de ser obedecida. ¿Sabemos más que Dios? ¿Aquellos que renunciaron a seguir siendo discípulos de Jesús acertaban en su juicio? ¡De ninguna manera! Pues rechazaban el Cuerpo y la Sangre del Unigénito de Dios. ¿Y quién podrá tener parte en la Redención que Él mismo nos ha alcanzado (por medio de su carne) si no aceptamos el Cuerpo de Cristo? ¡Nadie! Por eso se condenaban a sí mismos los que se escandalizaban de sus palabras, como se condena hoy en día todo aquel que renuncia al Sacrificio del Altar. ¿Acaso Pedro comprendió la profundidad de las palabras de su Señor? “El que no come mi carne…El que no bebe mi sangre…” ¡Claro que no! Pero sí tenía clara una cosa, que no hay otro a quien ir. Y si Dios dice que algo es así, si Dios dice que algo es bueno, hemos de confiar ciegamente, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna. A eso yo lo llamo FE.
No perdamos de vista, y con esto acabo, lo acertado que estuvo Pedro con su respuesta. Se produce además en un momento crítico para el grupo de discípulos. Quién sabe cuántos se perdieron. En esto también se pueden apreciar las dotes para el liderazgo, pues con sus palabras consiguieron mantener a los 12 unidos. Habló por todos ellos, como un solo cuerpo: “ Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios”. A eso debían de aferrarse, pues pasara lo que pasara, esa siempre sería la Verdad.
Que Dios te bendiga,
Iván
AMP+

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