El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 11 de agosto de 2024

Bajó del cielo.


Jn.6:41-51// Los gnósticos creían que el Hijo de Dios no vino con un cuerpo material real, sino que era todo espíritu y que su cuerpo sólo era una apariencia. El propio San Juan condenaría tal error (1Jn.4:2-3). En el pasaje de hoy nos hallamos ante el caso opuesto, es decir, los judíos negaban que hubiera venido del cielo pues sabían que era el hijo del carpintero, conocían a su padre y a su madre. En consecuencia, era un hombre como el resto. Y si bien esto era cierto, es decir que Jesús era verdadero hombre, se negaban a creer aquello que les anunciaba y que, al menos en apariencia, no era tan evidente: su divinidad. Jesús era hombre y Dios al mismo tiempo. No un dios, no otra divinidad, sino el único Dios, en la persona del Hijo (Jn.1:1-3). Que bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen…


Pero, ¿qué tiene que ver esto con nosotros ahora? Pues mucho, porque me temo que si bien pareciera que el docetismo gnóstico está superado, no tanto diría el creer en un Jesús meramente humano. Un Jesús-hombre misericordioso, modelo de humanidad lleno de paz y bondad para con los hombres. Un maestro, un gurú para la  vida, alguien bueno, paciente, perdonador, que aprueba toda falta con tal de que ésta me haga sentir bien…Y ojo, esto, que sería el modelo del Cristo que nos quiere hacer ver el mundo como el único aceptable, pudiera estar introduciéndose también en la Iglesia. Esto que digo no sólo se pone de manifiesto cuando se discute acerca de determinadas posturas ante tal y cual aspecto de la vida, sino muy claramente, y esto es de enorme gravedad, en nuestra actitud frente a la Sagrada Forma. Porque si creo que puedo acercarme a Jesús sacramentado de cualquier manera, recibirlo de cualquier forma;  si lo vivo como un derecho más que como un privilegio, que como una gracia de Dios, entonces lo que como es pan corriente, y niego la divinidad de Cristo. Me quedo en la apariencia, lo externo, lo físico. Comemos “maná”, y en consecuencia morimos en el desierto (1Cor.11:23-28). Pero si a lo que me acerco en el banquete de la Misa es al verdadero Cuerpo de Cristo, es que el Espíritu Santo ha descendido sobre las especies del vino y del pan, y lo que en apariencia siguen siendo lo mismo, en realidad ya no lo son. Mi actitud, mi fe, mi reverencia ante estas verdades, marcará mi relación con Cristo; mi relación con un hombre bueno (el hijo de José), o con el Dios verdadero. No caigamos en errores del pasado. Estemos muy atentos porque no hay nada nuevo bajo el sol (Eclesiastés 1:9) que no se haya inventado en cuanto a formas de tratar de alejarnos de la verdad acerca del Unigénito del Padre.


¿Es posible que estemos siguiendo a un falso Cristo? O más bien, ¿aceptando en nuestras vidas sólo una parte del verdadero Jesús? Sí, es posible, y en consecuencia son preguntas que hemos de hacernos. Cristo es el Pan de Vida y el que cree, tiene vida eterna. Sepárate de esta verdad y caerás en herejía, al igual que tantos otros durante más de dos mil años de cristianismo. “Yo soy el pan vivo” dice el Señor. Comamos de Él, sea Él nuestro alimento (¡no hablamos en lenguaje figurado, sino en verdad!), y estaremos participando de su divinidad.


“Se apartan de la Eucaristía y la oración porque no profesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, que sufrió por nuestros pecados y que, en su bondad, el Padre ha resucitado” (Carta a los Esmirnos 4,1). San Ignacio de Antioquía (35-108 DC).



Que Dios os bendiga,

Iván.

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