El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 7 de julio de 2024

Un profeta en medio de ellos

    



Mc.6:1-6// El pasaje de hoy arroja luz acerca de la llamada vida oculta de Jesús, de su vida en Nazaret. Fue una vida sencilla, no distinta, al menos en apariencia,  a la del resto de aldeanos. Jesús era el hijo de María, el carpintero que heredó de José, su padre, la profesión (Mt.13:55), y que vivía rodeado de sus parientes. Un día se fue y ahora, unos 3 años después, vuelve rodeado de discípulos y se rumorea que hace signos. Además, ahora había leído el rollo de la Ley y de los Profetas correspondiente y lo comentaba dejando entrever una sabiduría y una autoridad (Mt.7:29) nunca antes vista. Los que habían sido sus vecinos, aquellos que lo habían visto crecer, sus antiguos compañeros de juegos, no daban crédito. No sólo no lo creían, sino que muchos de ellos movidos por la envidia, no querían creer. En ese juicio contra el Hijo también se juzgaba a José (un humilde carpintero) y a su madre, María. Es como si pensaran en el fondo de sus corazones: ¿Es que de éstos dos puede salir algo bueno? Nos recuerda a aquel dicho de Natanael: “¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn.1:46). De la humildad, del silencio, del trabajo sencillo hecho con amor y responsabilidad, de la sujeción a los padres (Lc.2:51), de la aceptación de la voluntad de Dios y el cumplimiento de sus preceptos, sí puede salir algo bueno, es más, saldrá lo mejor de nosotros mismos, la versión que mejor se corresponde a lo que Dios pensó cuando nos creó. Y el Señor se sorprendía de la falta de fe de ellos. Precisamente allí, en su casa, en donde no eran necesarias las presentaciones (¡soy yo!, ¡Jesús!) recibe esta falta de reconocimiento. Y donde no hay un poco de fe, no puede haber señales; donde no se quiere creer, nada hará que se crea; donde no queremos ver a Dios, nunca lo veremos. 

Esto pasa a menudo en nuestras propias vidas. Acostumbramos a sorprendernos más por las virtudes y logros de personas de fuera, que de las de nuestro propio entorno (¡o de nuestra propia casa!). Damos con facilidad mayor crédito a lo que escuchamos “por ahí” que a aquello que nos cuenta nuestro propio hermano, padre o cónyuge. Abrazamos como norma de fe algo dicho por aquellos a los que elevamos a la categoría de autoridad en la materia, teniendo en poco a aquellos que, tiempo antes, pudieran habernos avisado de lo mismo…Desde  luego no es un defecto exclusivo de los habitantes de Nazaret. Si bien pareciera que ellos se llevan la palma en esta materia. Lógico que se dijera que nada bueno salía de allí. ¡Si sus propios conciudadanos se desacreditaban entre sí! 

Hermanos y hermanas, no rechacemos de entrada el consejo, la palabra, la enseñanza o corrección de aquellos que entendemos no tienen autoridad alguna para decir lo que dicen. Dios mismo pudiera hablarnos a través de cualquiera. De la boca de los niños (Sal.8:2) e incluso  de un asno (Nm.22:28-30) habló el Señor.

Por último: Dejémomos sorprender por la plenitud del esplendor de la vida de Jesús, sin dejar nada fuera, poniendo en valor sus muchos años en el hogar de Nazaret. Aprendamos a verle creciendo en gracia y sabiduría (Lc. 2:52) junto con su madre María. Y pidámosle a Ella, la Madre del Verbo Divino, que nos conceda el escuchar y acoger plenamente la palabra de Su Hijo, porque…


“...te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos”.    Ezequiel 2:5



Que Dios os bendiga,


Iván.


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