Mc.5:21-43// Los protagonistas del pasaje de hoy son muy diferentes, pero ambos coinciden en que acuden al Señor perdida ya toda esperanza...Veámoslo:
Jairo, principal de la sinagoga, tiene una hija que está para morir. Tiene 12 años, justamente los mismos que lleva otra mujer con una enfermedad que, para colmo de males, la hace impura ritualmente.
A menudo escuchamos decir que las personas acuden a Dios cuando no les queda más remedio, es decir cuando ya lo han probado todo, cuando el grado de dolor, de desdichas y padecimientos es tal, que se agarran a lo último que les queda: la religión. Bueno. No seré yo quien diga que esto no es cierto, es decir, el hecho de que las situaciones difíciles son utilizadas por Dios para llevarnos a Él. ¡Alabado sea el Señor por ello! Lo que es visto por los no creyentes como una medida desesperada que no da credibilidad a la fe, es todo lo contrario: un camino de salvación para el afligido, el cansado, el abatido...
- Ten misericordia de mí, Señor, porque estoy angustiado. Las lágrimas me nublan la vista;
mi cuerpo y mi alma se marchitan"
Salmo 31:9-10a.
En los casos que nos ocupan es así. ¿Por qué si no un jefe de la sinagoga iba a acudir a ese hombre al que acusaban de blasfemo las autoridades judías? ¿No ponía en peligro con ello su autoridad religiosa, su prestigio, su cargo y credibilidad? Sí; pero estaba desesperado. En el caso de la hemorroísa, el mismo texto indica que se había gastado toda su fortuna en médicos. Por tanto, se acerca a Cristo como entendiendo que ésta es su última esperanza.
La enfermedad y la muerte son consecuencia del pecado de nuestros primeros padres en el Edén. No son una creación de Dios. (Véase el libro de la Sabiduría capítulos 1 y 2). Él todo lo creó para que subsistiera. En consecuencia, los males que padecen las protagonistas del evangelio de hoy nos hablan de ese pecado original que nos trajo la condenación. Enfermamos y morimos por causa del pecado primero; pecamos por causa del pecado de Adán. Y si condenados, entonces necesitados de salvación, necesitados de Cristo. Y así lo entendieron, ¡no importa que fuera por la vía de la angustia y la desesperación! Jairo y la mujer enferma de flujo: Desesperados, pero con fe, acudieron al único que puede librarnos de nuestras enfermedades, de nuestros padecimientos, del pecado y de la muerte misma: Jesucristo. A la mujer le bastó con tocar la orla de Su manto. ¿Es que la orla sanaba? ¿Acaso era mágica? En absoluto. Pero la fe de la mujer fue grande, y bastó con ese gesto para su completa restauración.
Volvemos con Jairo, pues poco después alguien le comunica que ya ha fallecido su hija. Que ya nada se puede hacer. ¿Es que Jesús era un curandero? ¿Un mero sanador de cuerpos? ¡No! Él es, por encima de todo, un sanador de almas. Y el alma es inmortal, transciende esta vida, esta tierra, esta realidad pasajera que ahora tú y yo estamos viviendo. "No temas, basta que tengas fe". Y Jairo la tuvo. Y la niña, cuyo cuerpo verdaderamente había dejado este mundo, recuperó su alma, y se levantó de nuevo: Talitha qumi.
Nuestra alma es sanada cada vez que nos confesamos, porque muere cada vez que pecamos. ¡Cuán a menudo necesitamos que el Señor nos levante de la mano! Cada vez que nuestro cuerpo y alma se marchitan (Sal.31) por causa de nuestras faltas. Y el Señor nos levanta para que andemos de nuevo, y para hacerlo hemos de ser alimentados, alimentados del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, los cuales pueden ayudarnos sólo si tenemos la fe de los que acuden al Señor desesperadamente, sabiendo que nuestra vida sólo depende de Él.
- Perdida ya toda esperanza, llamé a mi Dios, y él me respondió; ¡me liberó de la angustia!
Salmo 118:5.
Que Dios os bendiga,
Iván.
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Hola Ivan! te sigo por Twiter hace un tiempo y tus post me iluminan para diversas celebraciones de la Palabra en la Parroquia en mi camino al Diaconado Permanente Casado. Gracias por tu aporte diario! Que el Espiritu Santo te siga guiando en los pasos!. Abrazo Inmenso. Cristian desde Necochea, BsAs, Argentina
ResponderEliminarQuerido Cristian.
EliminarMuchas gracias por escribirme. No sabes la alegría que me da el saber que de alguna manera lo que el Señor pone en mi corazón por medio de su Palabra, sirve de alguna ayuda. Mucho ánimo en tu vocación hacia el Diaconado. La Iglesia necesita de buenos y santos diáconos, verdadero apoyo querido por Dios para sus sacerdotes.
Que nuestra Madre la Inmaculada te acompañe siempre en tu caminar hacia Cristo.
Un abrazo,
Iván.