Jn.15:9-17 // La mayor lección que el Señor nos dejó es la del amor. Jesús nos enseña a amar; Seguir a Cristo es inscribirse en la escuela del amor, del amor verdadero. Y no, no nos dejemos engañar, no hay muchas maneras de ver ni de entender el amor. Quizás sí de relacionarse con las personas, pero no de amar. Jesús nos enseña a amar de nuevo, porque esa capacidad la perdimos al poco de ser creados, en el Edén. Y a amar se aprende siendo amado y amando. Se aprende con lecciones prácticas, y no tanto teóricas. El amor se transmite. Transmitimos a nuestros hijos parte del amor que recibimos de nuestros padres. Por desgracia, si el modelo que vivimos de pequeños no fue el adecuado, corremos el riesgo de reproducirlo después. Decía que el amor se transmite. Fijaos: "como el Padre me ha amado, así os he amado yo", dice el Señor. El Señor nos da del mismo amor que a su vez recibe del Padre. Nos ama con el amor de Dios Padre, como si se tratara de algo que se recibe para ser dado. Y ciertamente es así. A nuestros hijos les enseñamos a amar amándoles, y amando a nuestro cónyuge, amando a nuestros padres y hermanos (abuelos y tíos de nuestros hijos), amando a nuestros amigos, ¡e incluso a los desconocidos! por medio de la atención, la cortesía y el respeto ofrecido a ellos. Así, los pequeños aprenden y reciben del amor que nosotros entregamos. Por tanto, ese amor que recibimos no es para quedárnoslo, es para darlo, entregarlo, dejarlo fluir. Al igual que el agua necesita correr para que no se estanque y corrompa. El amor ha de darse cuenta: "Que os améis unos a otros como yo os he amado".
Ahora conocemos la fuente verdadera del amor: Dios, porque Él es amor. Y en esto sabemos que verdaderamente es así, en que Él nos amó primero, más aún, cuando estábamos lejos, abrazando el pecado y muertos en nuestros delitos, Él entregó a Su Hijo Unigénito por nosotros, por nuestra salvación. ¿Por qué? Por amor; por un amor puro, sincero, fruto de Su libre elección y de un compromiso fiel (1Jn.4:7-10; Ro.5:8). El amor, más que un sentimiento, es una decisión, una decisión que se ha de prolongar en el tiempo. El amor, cuando es verdadero, nunca se acaba (1Cor.13:8). Seguramente a los casados os suene todo lo que aquí se está diciendo, pero no es exclusivo de aquellos que han contraído matrimonio.
El Señor nos pide además que permanezcamos en ese amor. No es algo con lo que coquetear durante sólo un tiempo. Estamos comprometidos con Dios por los votos bautismales. Pertenecemos al Señor, hemos sido comprados por un precio alto y por ello, estamos llamados a llevar una vida que glorifique a Aquel a quien debemos fidelidad (1Cor.6:20). Permanezcamos en su amor, mediante el cumplimiento de sus mandamientos. Regirse por ellos es un acto de amor. Tratar de cumplirlos es muestra de fidelidad. Es, como decíamos al principio, poner en práctica el amor. El amor es exigente, como todo lo excelso en la vida. No es un camino siempre sencillo, pero sí el más elevado al que se puede aspirar. Es el camino de lo divino, el camino que mira al cielo, que apunta a Dios.
Terminamos con una frase atribuida a Bernardo de Claraval: "la medida del amor es amar sin medida". Y así hizo el Señor: se entregó por entero. No se guardó nada para sí. Y es que no hay amor más grande que el de aquel que está dispuesto a morir (a sí mismo, cada día) por el otro, ya sea el amigo, el hermano, la pareja o un desconocido (te invita desde este humilde comentario a que lees acerca de la vida y martirio de San Maximiliano M. Kolbe). El amor, cuando se va alimentando crece y crece hasta arder como un fuego que lo incendia todo a su alrededor, un fuego que no se extingue, ni aunque lo hiciera la vida, porque es fuerte como la muerte (Cant.8:6) .
Que Dios os bendiga,
Iván.
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