El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 14 de abril de 2024

Libres de todo temor

 


    Lc.24:35-48//  El miedo al futuro, a lo que éste nos deparará, no sólo a nosotros sino también a nuestros seres queridos, es el principal causante de la falta de paz en nuestros corazones. Y aunque sabemos que un día todo acabará, pues todos hemos de morir, vivimos con la falsa sensación de que ese trance es siempre algo lejano, tan distante en el tiempo que no merece la pena vivir teniéndolo en consideración. Es propio de la condición humana el pensar en estas cosas, es decir en nuestro porvenir, así como en desear el bien de nuestros seres queridos pero, todo ello, no deja de alguna manera de constituir una especie de prisión cuyas rejas están forjadas por el miedo. Miedo a sufrir, miedo a perderlo todo, miedo a enfermar, miedo a morir...

   "Paz a vosotros" (Lc.24:36). Con estas palabras saluda el Señor a sus atemorizados discípulos. Unos discípulos que vivían encerrados en el cenáculo con miedo a que los descubriesen como seguidores de Jesús y que en consecuencia corrieran la misma suerte que Él. Pasión, crucifixión y muerte. Un trágico final, en apariencia con más tintes de derrota que de victoria... Pero, "¡qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!" (Lc.24:25). "¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?" (1.Cor.15:55). El Señor rompió las cadenas de la muerte y mostró a los apóstoles que ésta no tiene la última palabra. Que la muerte del cuerpo no es más que un paso necesario para volver plenamente junto al Padre. Además, no deja dudas de que no está hablando de una vida de tipo espiritual, incorpórea, propia de fantasmas y malos espíritus. Él mismo les muestra el mismo cuerpo con el que fue concebido en el inmaculado vientre de la Virgen. Incluso mantiene las llagas que le fueron hechas por amor a ellos. Y habla, y se sienta, y come con ellos...

   No es la primera vez que Jesús les reprocha el que tengan miedo (Mt.8:26). Ese miedo el Señor lo relaciona siempre con la falta de fe, de fe en el Padre, que es conocedor de todas las cosas y sabe lo que necesitamos antes de pedirlo. Pero es que además, esa falta de fe pone en duda la misma existencia de Dios, pues si Él existe, es conocedor de la situación que enfrentamos antes aun de que estemos en medio de ella. Lo importante en toda situación es vivirla siendo conscientes de que Él está con nosotros, y si el dolor no pasa es porque ha de ser así; es Su voluntad. El hijo ha de aprender a vivir sujeto a la voluntad del Padre, a vivir en obediencia. La obediencia es liberadora. Nos concede el consuelo de saber que estamos haciendo la voluntad de Dios. Y esta vida de sometimiento al Padre, es la única posible con tintes de eternidad aquí en la tierra. (Sal.40:8).

Decíamos al principio que el miedo nos hace esclavos, especialmente el miedo a la enfermedad, al dolor y a la muerte. Tenemos que darnos cuenta de que no seremos plenamente libres, es más, no alcanzaremos la plenitud como personas (¡como hijos de Dios!) hasta que no perdamos ese temor, pues Jesucristo Resucitado nos ha mostrado que todo ello no es más que el camino necesario para alcanzar la verdadera Vida. Por ello, libres de todo temor, arrancados de la mano del enemigo (del pecado y de la muerte), vivamos sirviendo a Dios en santidad y justicia, en Su presencia, todos nuestros días (Lc.1:74), dando testimonio de todo ello, pues somos testigos de la Resurrección (Lc.24:48), hasta que seamos tenidos por dignos de ser llamados a Su gloriosa presencia. Amén.


Que Dios os bendiga,

Iván.

AMP+

0 comentarios:

Publicar un comentario

Buscar este blog

Con la tecnología de Blogger.