Jn.2:13-25// No será ésta la única vez que veamos al Señor enojado, y es que lejos de esa imagen tan extendida de un Jesús blandengue y edulcorado capaz de pasarlo todo por alto con tal de que creamos que Él nos ama (Jesus Loves You!), tenemos a un Santo Dios, Santo Fuerte y Santo Inmortal. Y este Dios es Padre, y a todo padre le mueve lo mejor para sus hijos. En la Biblia, la disciplina ejercida por los padres a los hijos es muestra del amor que tiene hacia ellos. Lo contrario sería desatención, falta de interés por el porvenir de la prole. Dios, al que ama, lo disciplina (Heb.12:6-7). Hecha esta introducción, veamos lo que acontece en el pasaje de hoy:
Jesús sube a Jerusalén para cumplir con lo prescrito en la Ley conforme a la celebración de la Pascua y, hete aquí, que lo que se encuentra en la Casa de Dios, el lugar más sagrado de todo el orbe, allí donde habita el Santo de los santos, se ha convertido en un mercadillo, en un lugar de negocios, de intercambios, de transacciones, de abusos y de robo. En definitiva, aprovechándose de la fiesta religiosa, del culto a Dios y de la piedad de los que acudían en masa a la celebración de la fiesta más importante del pueblo judío, algunos "sacaban tajada", ganaban dinero con ello.
Hacer negocio con todo aquello de lo que a buen seguro se puede obtener beneficio, es tan antiguo como el ser humano. Y con las cosas de la fe también se ha hecho (y se hace) negocio en el día de hoy. No me quiero meter en este jardín, pero creo que sabes a lo que me refiero. El problema aquí, y es lo que provoca el enojo de Nuestro Señor, es lo que se está robando. ¿Y qué se roba? Pues más allá de si esos negocios "con las cosas de la fe" son o no del todo legales y éticos, lo que se está robando es la fe en sí misma, porque es un escándalo que se comercialice con las cosas de Dios. Dad de gracia lo que de gracia recibisteis (Mt.10:8). Es decir, gratis; inmerecidamente gratis. La gracia de Dios no puede comprarse. Atenta contra la esencia misma del Evangelio, aquella que nos dice que, cuando estábamos muertos por causa de la deuda contraída con Dios por nuestros muchos pecados, Él envió a su único Hijo a la Cruz a pagar por nosotros; a saldar nuestra deuda. Y todo ello por pura gracia. Gratuitamente. A cambio de nada (Jn14:6; Ro.5:8; Ef.2:3-10; etc). En muchas iglesias protestantes se les pide a los fieles dinero, prometiéndoles recibir un número de bendiciones de lo Alto proporcional a lo "diezmado". Un escándalo mayúsculo que da lugar a que muchos "pastores" sean multimillonarios. Pero no nos vayamos tan lejos, y sigamos pensando que más cosas se pueden robar desde el púlpito. Porque si el mensaje que se proclama durante el culto a Dios, durante la homilía, o por medios oficiales de la iglesia, no son conforme al Magisterio, a la Tradición, o genera dudas y confusión entre los fieles, se engaña y se nos roba la fe y la esperanza. Se ponen obstáculos, en definitiva, a la salvación de los hombres. ¡Ay de aquel por quien viene el tropiezo! (Mt.18:7). ¿Y qué más se roba haciendo en el templo lo que no debe de hacerse? Todos hemos visto en internet (¡o incluso vivido!) escenas bochornosas de espectáculos realizados dentro de iglesias, o abusos de tipo litúrgico, o falta de decoro y respeto al lugar y a lo que allí se celebra...En estos casos, los más extendidos y dolorosos de todos los aquí expuestos, se le está robando la gloria y la honra debida a Dios. El que Dios haya venido a nosotros no quiere decir en absoluto que nosotros lo debamos de traer al terreno de lo mundano. Mundanizar a Dios y sus cosas sólo puede traer la perdición de las almas. Hace que haya creyentes que abandonan la fe y no creyentes jamás la abracen, pues no podrán conocer al Dios verdadero por haber sido desfigurado, asemejado al mundo. Mundanizar a Dios es comerciar con las cosas de la fe, y sólo puede traer la justa y santa indignación de Dios, porque es Padre y desea lo mejor para sus hijos.
"porque yo el Señor tu Dios,
soy un Dios celoso"
(Ex.20:5)
Que Dios os bendiga,
Iván
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