- Salta de gozo Sión, alégrate Jerusalén. Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna. (Zac.9:9).
La entrada triunfal de nuestro Señor en Jerusalén (Mc.11:1-10) supone el cumplimiento de la profecía recogida en el libro del profeta Zacarías. Será una semana, la última, cargada de padecimientos para el Señor, pero no sólo en lo físico, no sólo en la carne, sino de verdadera amargura y tristeza para Él, "hasta la muerte", por ver a un pueblo no ha reconocido el tiempo de su visita, con las trágicas consecuencias que ello conllevará (Lc.19:41-44). Jesús no se deja engañar. Aunque son muchos los que lo alaban al entrar en la Ciudad Santa, con ramas, con mantos, con gritos y cánticos, no menos serán los que apenas unos días después gritarán con el mismo ímpetu "¡crucifícalo!". Una fe volátil, una voluntad débil, apegada al sentimiento y a la opinión de las masas. Que se deja arrastrar y es fácilmente manipulada por los poderes imperantes. ¿Acaso no es éste Jesús, el rey que viene en nombre del Señor? Hoy sí, pero quizás ya no mañana...Así nos pasa a nosotros con frecuencia también. Le dejamos gobernar sobre nuestros corazones en según qué circunstancias y situaciones de la vida. Por supuesto lo hacemos ante el dolor, ante la desgracia y la incertidumbre, nos derrumbamos y arrojamos a sus pies. Él lo agradece y nos atiende, porque Él es fiel, aun cuando nosotros no lo somos (2Tim.2:13) y no depende de cómo nosotros lo consideremos para ser Quien realmente es: el Rey del universo. Y sí, aunque entre en la ciudad montado en un pequeño borrico, sin portar ninguna corona, ni estandarte, ni cetro ni arma, Él es Dios. Un Dios humilde y sencillo que viene a salvar a aquellos que se dejan salvar, a los que sencilla y humildemente reconocen que no son dignos de su perdón; pero también viene a recordar que aquellos que no lo reciben, ya han sido condenados (Jn.3:18,36).
Su entrada no es en absoluto espectacular, al menos no lo es a la vista. Sólo el alboroto que se produce alrededor es lo que llama la atención. ¿Estaba llegando verdaderamente el reino de nuestro padre David? No para algunos de los fariseos de entre la gente, que pedían al Señor que reprendiera a quienes se sumaban a la algarabía. "Si estos callan gritarán las piedras." ¿Por qué contesta esto el Señor? ¿Está ocurriendo algo mayor de lo que la vista puede alcanzar? ¿Se nos escapa algo que nuestros sentidos no captan? Nunca debemos de olvidar la dimensión espiritual, transcendental, de todo lo que acontece a nuestro alrededor, más aun en la vida de nuestro Señor. Con su llegada a Jerusalén, se acercaba ya la celebración de la Pascua con mayúsculas, aquella que permitiría la liberación de toda la humanidad. La pascua judía no fue más que una sombra de lo que ahora iba a acontecer. En apariencia, un profeta más que se hace pasar por el libertador esperado y que, lejos de aparentar poder y fuerza, apuesta por la sencillez y la humildad. Pero la realidad, como digo, estaba siendo muy distinta. El poder de este mundo, el príncipe del aire, el espíritu de los que actúan en los que se rebelan contra Dios (Ef.2:2), tiembla, porque ha llegado su hora: el príncipe de este mundo (Satanás) está condenado (Jn.16:11), y será herido de muerte.
Cerremos los ojos del cuerpo y abramos los del éspíritu. Pidámosle al Señor que nos deje atisbar siquiera, lo que nuestros ojos no son capaces de ver ahora, pero que realmente es lo que está aconteciendo en este pasaje y lo que acontecerá al final de los tiempos:
- Y vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco; su jinete se llama Fiel y Veraz, porque juzga con justicia y combate...y es su nombre el Verbo de Dios. En el manto y en el muslo lleva inscrito un título: Rey de reyes y Señor de señores (Ap.19:11,13b,16).
Que Dios os bendiga,
Iván.
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