Hablemos hoy un poco del que es, a mi entender, el gran olvidado de la Santísima Trinidad: el Espíritu Santo.
En la lectura del Antiguo Testamento de hoy, el profeta Jeremías anuncia un cambio en la relación de Dios con su pueblo, una alianza nueva. Y esa alianza, se caracterizará porque la ley de Dios estará inscrita en los corazones de su pueblo (Jer.31:31-34). De esta manera, "todos me conocerán, desde el pequeño al mayor...". El corazón de piedra sobre el cual en otro tiempo se grabó la ley de Dios, dará paso a un corazón de carne (Ez.11:19-20), un corazón que amará al Dios de la ley y que la cumplirá porque el espíritu que habitará en él, le conducirá a su cumplimiento. No será tanto una obediencia a algo impuesto, por miedo a las consecuencias de no hacerlo, sino a vivir tal y como el Espíritu de Dios les guiará, por amor a Él.
El Espíritu Santo con el que todo creyente es sellado por la fe en el Evangelio y por el bautismo, constituyen las arras de nuestra herencia, la garantía del cumplimiento de la promesa dada por Dios a su pueblo (Ef.1:13-14). Entendamos por tanto que se trata del mayor de los bienes espirituales que puede poseer un hombre en la tierra. Un sello que nos identifica como hijos del Padre, una garantía de la promesa de la vida eterna, un guía que nos llevará siempre hacia la Verdad (Jn.16:13), un abogado defensor contra las acusaciones del enemigo...
¿Enemigo? El mayor enemigo del espíritu que habita en nosotros es el pecado. Por su causa, su acción en nosotros puede verse gravemente mermada. Sólo así se entiende que ante asuntos meridianamente claros, atestiguados por siglos de vidas de santos, por el Magisterio de la Iglesia y por las Sagradas Escrituras, personas que se dicen creyentes, no se pongan de acuerdo. Y que cada uno justifique su manera de actuar o pensar ante tal o cual cosa (no quiero dar ejemplos, pero seguro que conoces casos). ¿Podrá Dios decir una cosa y la contraria? ¿Dará por válidas maneras de actuar y de comportarse opuestas? ¿Hemos recibido un espíritu de confusión, o de discernimiento? Amigos y hermanos: Cuando dentro del mismo cuerpo, unos órganos se oponen a otros, es evidente que algo no funciona como debiera. El Espíritu Santo en nosotros puede estar apagado, abotargado, sometido el espíritu del mundo (que no es el de Dios), de manera que pensemos, actuemos y nos comportemos más como éste último que como verdaderos hijos de Dios. Llegados a este punto será necesario replantearnos si hay algo que está mal en nuestra vida de creyentes. Revisemos las sendas que hemos ido eligiendo a lo largo del camino. El amor a uno mismo nos aparta del plan que Dios tiene para nosotros (Jn.12:25). Y sí, es cierto que aparentemente es más sencillo vivir la vida que se nos propone desde "fuera" que la que Dios por medio de su Espíritu nos impulsa a llevar. Pero no olvidemos que el Espíritu Santo nos lleva siempre hacia Dios, nos impulsa, nos atrae hacia Él. Dice el Señor en el evangelio de hoy que cuando sea crucificado, atraerá a todos hacia Él. Y es verdad que la señal de la cruz es conocida a lo largo y ancho de todo el orbe. Y es una señal que provoca reacción; no deja indiferente. A nosotros, los creyentes, quienes hemos sido sellados por el Espíritu de Dios, la cruz siempre ha de atraernos, siempre ha de recordarnos lo que somos y a lo que hemos sido llamados: a glorificar a Dios con una vida orientada hacia Él, de servicio, de seguimiento de Jesús, para que donde Él esté, estemos nosotros también en unidad con el Padre (Jn.12:26).
Hermanos, cuidemos este tesoro que custodiamos en vasos de barro (2Cor.4:7). Miremos con frecuencia al Crucificado y que el Espíritu se inflame de su fuego, atrayéndonos hacia Él con lazos de amor.
"Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
Y renueva un espíritu recto dentro de mí.
No me eches de delante de ti,
Y no quites de mí tu santo Espíritu".
(Sal.51:10-11)
Que Dios os bendiga,
Iván.
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