El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 4 de febrero de 2024

Levantados para servir

 


1Cor. 9:16-19, 22-23 // Mc.1:29-39 // En un mundo en el que constantemente se nos invita a perseguir nuestros sueños, a la autorrealización personal, y en el que se nos dice que nada es imposible para quien se empeña en conseguir algo, nos encontramos con personajes como San Pablo, cuyo sueño de reducir a aquellos que de alguna manera contradecían el judaísmo ortodoxo predominante del s.I se vio absolutamente truncado. De tal manera aconteció en su vida, que abrazó aquello que perseguía y además, pasó a predicarlo. Y no, no lo predicó por ganancia alguna ni por gusto, sino porque sintió la obligación de hacerlo: le encargaron ese oficio y, siendo libre, se hizo esclavo de todos...(1Cor.9:16-19). Pasó a ser un jornalero, un esclavo del Señor (Job.7:1-2) que aguardaría fielmente su salario, y no el de esta vida, sino el de la futura.
   Pensar que la vida del creyente es un camino de autorrealización o de superación personal al estilo del mundo es un grave error (si bien no hay duda de que es el camino más excelente que toda persona puede recorrer en esta tierra). Por encima de todo, el camino de la vocación cristiana es un camino de servicio, que comienza cuando se escucha el llamado y se responde con un "sí". Un sí a algo que no necesariamente entraba en nuestros planes, ni que promete, ¡ni mucho menos! una vida de reportaje de revista. 
Para Pablo, su salida del mundo para abrazar la Vida, se produjo por el encuentro con una persona: Jesucristo, y así será en toda persona que tenga la dicha de conocerle. Pero es necesario mantener una actitud de búsqueda, no de uno mismo, sino de búsqueda del Señor, que es quien nos capacita para cumplir con lo que pide de nosotros, dándonos no sólo el quererlo, sino también el hacerlo (Flp.2:13). A Jesús siempre le podremos encontrar en el Evangelio (como en el de hoy, por ejemplo) comprobando así cómo su vida estaba cargada de signos, de detalles, de enseñanzas que nos serán necesarias para vivir la nuestra. Comprobaremos que necesitamos ser tocados por Él, que nuestras almas sean sanadas por Él (Sal.41:5), y ser levantados de la mano, al igual que la suegra de Pedro, para ponernos a su servicio, al servicio de todos. Pero además, para ser adecuados para este servicio se precisará de la oración, se requerirán tiempos de soledad, de una búsqueda continua de Su compañía, para impregnarnos así de sus palabras, de sus formas y maneras de actuar. Sólo de esta forma podremos llevar "a las aldeas cercanas" (v.38) la misma sanidad que hemos recibido nosotros, aquella sanidad que nos hace desprendernos de nosotros para hacernos "débiles con los débiles para ganar a los débiles", y que nos promete participar también de sus bienes, los bienes del Evangelio (1Cor.9:22-23).

Que Dios os bendiga,

Iván.

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