Mc.1:21-28. La enseñanza de Jesús asombraba porque era hecha con una autoridad nunca antes vista. Mostraba poder sobre los espíritus inmundos, los cuales sorprendentemente siempre le reconocieron antes que las personas. Y es que Jesús tenía tal autoridad porque es el profeta suscitado por Dios para su pueblo, Aquel a quien todos debemos escuchar (Dt.18:15).
A Él todo le está sujeto, hasta que el último enemigo sea definitivamente vencido (1Cor.15:25-28). Él es "el Santo de Dios", el que ha venido a acabar con el pecado del mundo y con la muerte. Por eso tiemblan hasta los demonios (Stg.2:19) y por eso también deberíamos de temblar nosotros ante el poder de Dios, especialmente cuando caminamos por este mundo dándole la mano al pecado. Nuestra relación con el Señor ha de ser una relación de fidelidad, basada en la confianza y entrega mutuas. ¡Independientemente de nuestro estado! Casados, solteros, viudos, consagrados o no... hemos de vivir preocupándonos de los asuntos del Señor (1Cor.7:32-35). Si diésemos prioridad a otras ocupaciones, nuestra relación con Dios podría peligrar, y fácilmente podríamos crear una divinidad de aquello que no lo es (el sexo, el dinero, el bienestar, el cuerpo, la belleza y el lujo...). Llegado ese punto, ¿no seríamos llamados "adúlteros" con toda razón? (Stg. 4:4). ¿No hizo el Padre un pacto con nosotros por medio de la bendita sangre de su Hijo, para que alejados de toda iniquidad seamos pueblo de su propiedad dedicados enteramente a las buenas obras? (Tit.2:14).
Hermanos, no es momento de endurecer nuestro corazón, ni de ser rebeldes como lo fuera en otro tiempo el pueblo de Dios. Es tiempo de obedecer, pues se nos pedirán cuentas si no escuchamos al Señor (Dt.18:19).
A Él todo le está sujeto, hasta que el último enemigo sea definitivamente vencido (1Cor.15:25-28). Él es "el Santo de Dios", el que ha venido a acabar con el pecado del mundo y con la muerte. Por eso tiemblan hasta los demonios (Stg.2:19) y por eso también deberíamos de temblar nosotros ante el poder de Dios, especialmente cuando caminamos por este mundo dándole la mano al pecado. Nuestra relación con el Señor ha de ser una relación de fidelidad, basada en la confianza y entrega mutuas. ¡Independientemente de nuestro estado! Casados, solteros, viudos, consagrados o no... hemos de vivir preocupándonos de los asuntos del Señor (1Cor.7:32-35). Si diésemos prioridad a otras ocupaciones, nuestra relación con Dios podría peligrar, y fácilmente podríamos crear una divinidad de aquello que no lo es (el sexo, el dinero, el bienestar, el cuerpo, la belleza y el lujo...). Llegado ese punto, ¿no seríamos llamados "adúlteros" con toda razón? (Stg. 4:4). ¿No hizo el Padre un pacto con nosotros por medio de la bendita sangre de su Hijo, para que alejados de toda iniquidad seamos pueblo de su propiedad dedicados enteramente a las buenas obras? (Tit.2:14).
Hermanos, no es momento de endurecer nuestro corazón, ni de ser rebeldes como lo fuera en otro tiempo el pueblo de Dios. Es tiempo de obedecer, pues se nos pedirán cuentas si no escuchamos al Señor (Dt.18:19).
Que Dios os bendiga,
Iván.
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