El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 11 de febrero de 2024

Puedes limpiarme

   


   Mc.1:40-45 // Todo  leproso debía de vivir fuera del campamento (o de la ciudad) y no acercarse a la gente, sino gritar cuando viera a alguien: ¡impuro, impuro! para no contaminar a nadie (Levítico 13:1-2; 44-46). Sin embargo, el leproso del pasaje de hoy se acerca a Jesús. Y esa es la primera actitud que hemos de aprender, la de acercarnos al Señor, independientemente de nuestro estado. En ocasiones ocurre que, puesto que hemos pecado gravemente, sentimos que no debemos acudir al Señor, como si Él, espantado de nuestra alma llena de "lepra" e impureza, se hubiera marchado lejos. No es así. El que se aleja de Dios es el que peca; en consecuencia, quien tiene que acercarse de nuevo a Él será quien se apartó, esto es el pecador. Por supuesto, ese "acercarse" habrá de darse en las condiciones adecuadas de arrepentimiento sincero y verdadero deseo de reparar una relación que se ha enfriado por nuestra culpa. 

   A continuación, el enfermo se dirige a Jesús comenzando con estas palabras: “Si quieres…” Y es que es cierto que no depende de nosotros, sino de Aquel que tiene misericordia de quien quiere tener misericordia (Ro.9:16). Él tiene la primera y la última palabra. Sin embargo, no siempre acudimos a Él como corresponde, pues lo hacemos unas veces con las exigencias propias de quien no tiene claro cuál debe de ser la relación entre un siervo y su señor; otras, con una patente falta de fe en Su voluntad y en Su poder. Pero entonces, ¿cómo habremos de acercarnos a pedirle algo? Pues en primer lugar con humildad (el leproso suplicaba de rodillas). Además, me atrevería a decir que con cierta osadía (sin perder jamás el temor de Dios) y creyendo que de verdad recibiremos aquello que le pedimos (Mc.11:24). Tenemos que ser perseverantes e inoportunos si hace falta, como lo fue la viuda que como consecuencia de su insistencia fue escuchada por el juez injusto (Lc.18:1-8).

   Añadirá después: “...puedes limpiarme”, ¡porque Tú eres el Señor! En esta frase está implícito el reconocimiento de que Aquel a quien se estaba dirigiendo el leproso era Dios. Es como si le dijera: - puedes hacer lo que quieras, cuando quieras y como quieras porque Tú eres Dios; y además, lo harás si es tu voluntad, la cual ha de primar siempre sobre la mía propia.- Sin duda es una escena maravillosa que nos enseña cómo hemos de acudir al Señor en todo tiempo y condición, máxime cuando estamos en pecado grave. La misericordia de Dios es grande. Él se compadece del necesitado, extiende su mano y lo toca. ¿Quién podrá limpiar la impureza de nuestra alma sino el doctor de las almas? Necesitamos de su continua sanación. No tengamos reparo alguno en acudir a Él, especialmente por el Sacramento de la Confesión, con el debido respeto al mismo y al perdón que a través de él Dios nos dispensa. Con actitud humilde, el corazón contrito y recordando que es Él el que nos da y nosotros los que recibimos. Pidámosle a la Inmaculada (hoy bajo la advocación de la Virgen de Lourdes) que nos acompañe en ese camino de acercarnos de nuevo a Jesús, para así decirle:  Señor, si quieres, puedes perdonarme. Amén.


Que Dios os bendiga,

Iván.

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