Mc.1:40-45 // Todo leproso debía de vivir fuera del campamento (o de la ciudad) y no acercarse a la gente, sino gritar cuando viera a alguien: ¡impuro, impuro! para no contaminar a nadie (Levítico 13:1-2; 44-46). Sin embargo, el leproso del pasaje de hoy se acerca a Jesús. Y esa es la primera actitud que hemos de aprender, la de acercarnos al Señor, independientemente de nuestro estado. En ocasiones ocurre que, puesto que hemos pecado gravemente, sentimos que no debemos acudir al Señor, como si Él, espantado de nuestra alma llena de "lepra" e impureza, se hubiera marchado lejos. No es así. El que se aleja de Dios es el que peca; en consecuencia, quien tiene que acercarse de nuevo a Él será quien se apartó, esto es el pecador. Por supuesto, ese "acercarse" habrá de darse en las condiciones adecuadas de arrepentimiento sincero y verdadero deseo de reparar una relación que se ha enfriado por nuestra culpa.
A continuación, el enfermo se dirige a Jesús comenzando con estas palabras: “Si quieres…” Y es que es cierto que no depende de nosotros, sino de Aquel que tiene misericordia de quien quiere tener misericordia (Ro.9:16). Él tiene la primera y la última palabra. Sin embargo, no siempre acudimos a Él como corresponde, pues lo hacemos unas veces con las exigencias propias de quien no tiene claro cuál debe de ser la relación entre un siervo y su señor; otras, con una patente falta de fe en Su voluntad y en Su poder. Pero entonces, ¿cómo habremos de acercarnos a pedirle algo? Pues en primer lugar con humildad (el leproso suplicaba de rodillas). Además, me atrevería a decir que con cierta osadía (sin perder jamás el temor de Dios) y creyendo que de verdad recibiremos aquello que le pedimos (Mc.11:24). Tenemos que ser perseverantes e inoportunos si hace falta, como lo fue la viuda que como consecuencia de su insistencia fue escuchada por el juez injusto (Lc.18:1-8).

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