El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 14 de enero de 2024

Venid y veréis

   

   Lecturas de hoy: 1Samuel 3:3-10, 19//  1Cor. 6:13-15, 17-20// Jn.1:35-42

   Bastaría con que el Bautista les señalara quién era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, para que dos de sus discípulos fueran tras Él dejando a su antiguo maestro. Y es que seguir a Cristo exige renuncia, exige dejar cosas atrás. Dejar una forma de vivir, de entender y de hacer las cosas que aunque el mundo pudiera ver con buenos ojos, no son como Dios quiere y, por consiguiente, no están ordenadas hacia nuestra salvación. 

   De la primera lectura (1Sam.3) podemos aprender que, para ser llamados, hemos de estar dispuestos a escuchar, y a hacerlo con presteza y obediencia: "Aquí estoy porque me has llamado". Hasta tres veces acudió Samuel a Elí sin dudarlo, pensando que era él el que le llamaba. ¿Por qué? Porque su vida era una vida de servicio al Señor (v.1), y eso que todavía no había tenido la dicha de tener un encuentro con el Señor y su palabra (v.7). A pesar de ello, Samuel obedecía al sacerdote Elí como lo haría a Dios mismo. En esa obediencia le fue revelada la palabra de Dios, y su respuesta fue sin duda la más adecuada: "Habla Señor que tu siervo escucha" (v.10).

   Pero sigamos con el Evangelio de hoy: -¿Qué buscáis?- les pregunta el Señor a esos dos discípulos, y a nosotros con ellos. ¿Qué buscamos? Pues a Ti, Señor. Buscamos encontrarnos contigo y encontrar tu salvación. Porque somos pecadores, porque sólo Tú tienes palabras de vida eterna; porque sólo Tú eres Camino de Vida a Dios; porque sólo en Ti halla descanso nuestra alma; porque sólo contigo seremos librados del presente siglo malo...¡Todo eso buscamos! Y hemos de hacerlo con valentía, con determinación, olvidándonos de lo que queda atrás, lanzándonos hacia lo que está por delante (Flp.3:13).

    La respuesta de Jesús: -Venid y veréis-, es más profunda de lo que pareciera a simple vista. El Señor quiere que veamos dónde vive, es decir que le hallemos profundamente, que le tratemos íntimamente, no de manera superficial, como mero acompañante ocasional, o guía fugaz. Él vive en el Sagrario, que es el alma y la vida de todo templo cristiano. Él vive en el corazón de los bautizados, especialmente de los que se acercan a alimentarse de Él. El que se une al Señor es un espíritu con Él. En la segunda lectura San Pablo nos recuerda que somos templo del Espíritu Santo, que habita en nosotros (1Cor. 6:19), y es por ello que hemos de huir de toda inmoralidad, de la fornicación e impureza carnal, porque somos miembros de Su Cuerpo. Por último, creemos y proclamamos que Él vive a la derecha del Padre. A pesar de que no somos dignos de que entre en nuestra casa, Él nos muestra dónde vive, y se hace morada en nosotros...

   Este encuentro íntimo con Jesús nos llena de una alegría desbordante, que al no poderse contener ha de ser compartida con los demás: - ¡Hemos encontrado al Mesías! - Dice Andrés. Sí, al Hijo de Dios, al dueño de la vida, a Aquel que nos conoce desde el Principio, y que nos llama por nuestro nombre: 

-Tú eres...(pon tu nombre aquí)-



Que Dios os bendiga,

Iván.

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