El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

sábado, 6 de enero de 2024

Queridos Reyes Magos:

   Este año, aunque no me he portado tan bien como debiera, sé que me traeréis mucho de lo que a continuación os pido...

   De una manera parecida a ésta, darán comienzo la mayoría de los millones de cartas que en estos días han ido recibiendo sus MM. los Reyes Magos de Oriente. Los más pequeños, más osados y con menos juicio crítico, dirán que se han portado de maravilla, temiendo que si dicen lo contrario, se queden sin juguetes. A medida que vamos creciendo, nos damos cuenta de que lejos de ser perfectos, cometemos muchos errores y que siempre hay margen de mejora. Eso sí, al año que viene...

 Aunque pudiera pareceros raro, la esencia de lo que hoy me gustaría deciros está ya dicha, y no es otra que el recuerdo, por medio de esta tradición de los Reyes Magos, de que la salvación que Dios nos ofrece en su Hijo es inmerecida. Los niños, y los no tan niños, deberían aprender en esta noche mágica que, a pesar de que podrían haber sido "más buenos", a pesar de que no siempre obedecieron, y que no siempre le dedicaron el tiempo que debían a sus tareas escolares...Que a pesar de haberse peleado no pocas veces con sus hermanos y protestado cuando les tocó bajar la basura o poner la mesa, han recibido sus regalos. Esos regalos no se los han ganado; no se les debe por nada que hayan hecho. Los reciben por lo que son: hijos amados de una familia que les quiere. De igual modo, Dios nos entregó a su Hijo por el amor que le tiene a sus criaturas, y todo ello para procurarnos una salvación del todo inmerecida (Jn.3:16; Ro.5:8). La salvación de Dios es un regalo, es un regalo que tiene la forma de un niño pequeño e indefenso, que descansa sobre un pesebre destinado a alimentar a las bestias y que lleva un pañal por todo vestido. Y ese regalo se recibe por pura gracia (es decir, gratuitamente) porque nuestro Dios es rico en misericordia, y por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir en Él (Ef.2:4-5). Dios desea que aceptemos su amor, no que nos ganemos su favor (cosa por otro lado del todo imposible).

   Ahora bien, si la primera lección que podemos aprender en ésta la Noche de Reyes, es que el amor de Dios es inmerecido, la segunda nos habla de lo que Dios espera de nosotros. La historia de los Magos, la Epifanía del Señor que celebramos el 6 de enero, es una historia de pequeños que se hacen grandes y de grandes que se hacen pequeños. En primer lugar está el Niño Jesús, que aunque humanamente se ha hecho el más indefenso de los seres, no dejará de ser Dios. Despojado de sí mismo, toma la condición de un bebé, y se hace obediente hasta la muerte (Flp.2:5-8). Después, los reyes, venidos de países lejanos, con caravanas de camellos y dromedarios, que le traen oro e incienso. En definitiva, grandes personalidades procedentes de diferentes naciones que se abajan dejando atrás sus hogares y la comodidad de sus palacios para ir en busca del que es el verdadero Rey de todos (Is.60:1-6). ¡¿Y qué decir de la Madre de Jesús?! La más humilde de las esclavas del Señor. ¿Y de José, el sencillo carpintero de Belén? ¿O de los pastores...? Todos ellos supieron humillarse ante la grandeza de lo que estaba aconteciendo en sus vidas. Y en su humildad, Dios los exaltó por encima de todas sus criaturas. Por el contrario, estarán todos aquellos que siendo simples mortales, se encumbraron. Hablamos de los Herodes, y de los sumos sacerdotes, y de los escribas (Mt.2:3-4), aquellos que lejos de querer bajar del falso pedestal en el que se encontraban, prefirieron (y siguen prefiriendo todavía hoy) negar al Señor de la Vida condenándose a perder la suya propia. Porque no podían aceptar que se pudiera cuestionar su manera de ver ni de entender la vida; perder su prestigio, su posición, y menos aun contradecir aquella vieja tradición que les aseguraba que eran el pueblo elegido y que en consecuencia, la Gracia de Dios no podía estar destinada a ser distribuida también entre los gentiles (Ef.3:2).

   Hermanos míos, recibamos hoy por medio de la fe, y con alegrías renovadas, esta dádiva de Dios que es la vida eterna en Cristo Jesús (Ro.6:22-23), dando así los frutos de santidad que se esperan de todos los que queremos hacernos de nuevo niños para entrar en el Reino de los Cielos (Mt.18:3). 


   Que Dios os bendiga,

   Iván

   AMP+




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