El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 17 de diciembre de 2023

La espera III




   La lectura del Evangelio de hoy (S.Juan 1:6-8; 19-28) nos vuelve a hablar de San Juan Bautista, el que nos anuncia la inminente llegada del Salvador. Dice Juan que él vino a dar testimonio de la luz, pero que él mismo no era la luz. Por otro lado, el profeta Isaías nos presenta hoy una primera parte del capítulo 61 cuyo rollo leyó Jesús en la sinagoga de Nazaret, atribuyéndose dicha profecía a Sí mismo (Lc. 4:18 ss). Hecho éste, que casi le cuesta la vida...

   Pero permitidme hoy centrarme en la segunda parte de la lectura propuesta de Isaías, concretamente en el versículo 10, que dice: Desbordo de gozo en el Señor y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación,  y me ha envuelto con un manto de justicia, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Al igual que a mí, al comenzar a leerlo seguramente tu pensamiento se ha ido al inicio del Magnificat, el cual constituye providencialmente el salmo de la liturgia de hoy: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador ...(Lc 1:46-47).

   Hermanos, creo necesario que hoy dediquemos unas palabras a María, porque Ella es la Reina del Adviento. Pues si bien Juan el Bautista, el Elías esperado desde antiguo (Eclesiástico 48:1-11; Malaquías 3:1), nos anunció a Jesús, quien nos lo trajo fue María, erigiéndose como la que es causa de nuestra alegría (Letanías de Nuestra Señora). Y para que una doncella de Nazaret pudiera albergar en su vientre al Hijo de Dios, era necesario que ésta hubiera sido pensada por Dios en el principio. Con toda la Iglesia, hace poco celebramos con solemnidad que esa mujer, la segunda Eva, la destinada a pisar la cabeza de la serpiente antigua (Génesis 3:15) había de ser, ¡y fue!, inmaculada desde su concepción, o dicho de otra manera: vestida con un traje de salvación, envuelta con un manto de justicia. María, la toda santa, fue siempre salva. Nunca hubo condenación en ella por causa de pecado alguno, ni siquiera del pecado original, del cual no tuvo ni la sombra. María, por un privilegio excepcional, gustó de los frutos de la redención de su Hijo de manera anticipada, para así poder ser su Madre, la santa Madre del Santo de los santos.

  Meditemos ahora en su manto. Manto de justicia, de amor, de misericordia, de madre, en el cual cobijó a ese Niño recién nacido, le dio calor, lo protegió e incluso escondió ante el peligro. El manto de María acompañó a Jesús toda su vida. Jesús lo agarraría con una mano cuando su Madre saliera a atender a alguien que llamaba a la puerta; se escondería detrás de él cuando el "invitado" le impresionara...Reacciones de niño. Jesús, adolescente, abrazaría a Su Madre por detrás, dándole una muestra de cariño por sorpresa. ¿Cuántas veces no sería el manto de María lo que estaría abrazando? Y al final de sus días, lágrimas y sangre; pasión y dolor recogidos en un manto que recibiría, por vez última, el cuerpo inerte de Jesús, recién descendido de la cruz. María, la Madre de la Misericordia, es el Vestido de Dios (S. Fco. de Asís), es el Manto de Dios.

  Termino. Hoy es el domingo de Gaudete y, como hemos dicho, María nos trae la alegría y lo hace en abundancia. La primera portadora de la Buena Nueva, el arca de la alegría con mayúsculas, es María. Dejémonos acompañar por Ella en esta espera que ya acaba; mejor aún, acerquémonos nosotros, pues es nuestra Madre, y hagámoslo con alegría, en constante oración, y dándole gracias a Dios (1 Tes. 5:16-18).


Que Dios os bendiga,

Iván.

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