Seguimos esperando la llegada del Señor, Aquel delante del cual fue enviado el profeta Juan para preparar el camino. No es difícil darse cuenta de que, mientras el mundo se engalana y lo llena todo de luces de colores y anuncios publicitarios, el Evangelio de la Vida nos llama, un domingo más, el segundo del Adviento, a la conversión. Sí hermanos, al arrepentimiento y la conversión. Porque como dijimos el pasado domingo, la llegada de la Navidad, además de recordarnos que tenemos un Salvador que nació hace dos mil años, nos recuerda algo intrínsecamente ligado a lo anterior: que necesitamos ser salvados. Pero, ¡¿cómo es posible que seamos capaces de celebrar la llegada de alguien que viene a salvarnos, pero no de vivir cada día siendo conscientes de nuestra necesidad de salvación?! ¿Acaso seremos tan borregos? O mejor dicho, ¿estaremos tan aborregados? Pues parece que en muchos casos, sí...
El Señor viene porque nuestra vida alejada de Dios nos lleva irremisiblemente a la perdición eterna. Y si llegada la plenitud de los tiempos, Cristo se abajó hasta hacerse semejante a los hombres (Flp. 2:7), naciendo de una mujer (Gá. 4:4. Esto
es, de María Santísima), padeciendo y siendo crucificado, fue por causa de nuestros pecados, es decir, de esa vida nuestra alejada de Él. (Is. 53:4-6).
Si para la primera venida del Hijo de Dios, la cual tuvo lugar para salvación (Jn. 3:17), Juan el Bautista llamó a la penitencia, a la confesión de los pecados y a dar frutos de conversión (Ver Mt. 3:1ss) ¿qué no se exigirá de nosotros de cara a su segunda venida, cuando venga para juzgar a vivos y muertos?
El pasado domingo el Señor nos pedía a todos que velásemos, que estuviéramos preparados, que, puesto que no sabemos ni el día ni la hora, viviésemos como si hoy mismo nos fueran a reclamar el alma (Lc. 12:20).
Hermanos, recordemos como es el camino que nos lleva a la salvación en Cristo, y como en primer lugar es necesario el arrepentimiento de nuestros pecados, la confesión sacramental, pidiendo perdón con verdadera intención de cambio. De esta forma, nuestros votos bautismales son renovados y del todo efectivos, y el Espíritu Santo nos impulsa a llevar una vida de verdadera piedad, conforme a Dios, y no conforme a los hombres (Stg. 1:27; 1Pe. 4:2). Porque por gracia somos salvos, por medio de la fe, y no por nada a lo que pertenezcamos o que hallamos hecho (Ef. 2:8-9). Recordemos como el mismo Bautista reprochaba a los fariseos y saduceos por su hipocresía, y por sentirse seguros de su salvación por ser hijos de Abraham, y ser escrupulosos en el cumplimiento de sus leyes. Esa soberbia u orgullo religiosos podrían afectarnos a ti y a mí hoy, pensando que por pertenecer a tal o cual obra de la Iglesia, movimiento o carisma, nuestra salvación está del todo asegurada. ¡No seamos necios! Todo aquello en lo que se pudiera apoyar nuestra seguridad ha de considerarse "nada" con tal de ganar a Cristo (Flp. 3:8), pues nuestra salvación nunca puede apoyarse en pertenencia alguna o por haber hecho esto o lo otro, (medios buenos todos ellos, pero nunca un fin en sí mismos) sino únicamente por sentirnos necesitados de un salvador, ¡Jesús!
Hermanos, vivamos este Adviento como aunténticos mendigos del amor de un Dios tan grande, que se hizo tan pequeño como un niño, para poder ser albergado dentro de nuestro corazón, recorriendo este camino de la mano de Su Madre, la Inmaculada, primera en traer al mundo la esperanza de la Vida en la cual hemos de permanecer siempre firmes.
Que Dios os bendiga,
Iván.
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