Aquello que conocemos como La Medalla Milagrosa y que lleva acuñándose desde los años 30 de hace dos siglos, es un poderoso sacramental que quizás podríamos caer en el error de estimar en poco. Aparentemente no es más que una pequeña chapa de latón, en ocasiones de plata o incluso bañada en oro, si es de joyería. Un trozo de metal, en definitiva, para colgarnos del cuello, enganchar en alguna pulsera o incluso en nuestro rosario favorito. Sus grabados están llenos de significado, y es que sabemos que fue en 1830 cuando la Inmaculada Concepción, pues de ella es la imagen principal de la misma, se le apareció a una religiosa de las Hijas de la Caridad: Santa Catalina Labouré, en París. Será la Madre misma quien le encargue impulsar esta devoción. No tardarían en empezar a acuñarse medallas y a reportarse milagrosas curaciones y notorias conversiones a la fe católica. Muchos serán los santos que empezarán a interesarse por tan singular objeto. Su inscripción, la jaculatoria que no nos cansamos de repetir aquellos que la portamos, no será lo menos importante: "Oh María, sin pecado concebida, ruega por aquellos que recurrimos a ti". Sin pecado concebida ...Nuestra Señora daba de esta manera un impulso definitivo a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 1854), pues Ella misma se dice concebida sin mancha alguna de pecado.
Llevar la medalla de la Inmaculada es algo del todo sencillo. No será difícil encontrar una o, mejor aún, recibirla de alguien que nos la regale con el compromiso de orar por nosotros. No nos equivoquemos, el simple hecho de llevarla al cuello como si fuera un mero adorno, ni nos salvará de peligro alguno, ni mucho menos salvará nuestras almas. Sin embargo, portarla con devoción, besarla, tocarla, recitar la jaculatoria de la Inmaculada... Todo ello nos hace mantener una relación especial con Aquella que desea llevarnos a los brazos de su Hijo amado. Además, nos da un sentido de pertenencia, de ser de alguien, ¡de María!, la cual sin duda nos pedirá, como una de esas gracias prometidas, que nos consagremos, que nos entreguemos a Ella sin medida. Pertenecer a María es reconocerse y vivir como verdadero hijo suyo y, por ende, como hermano de Jesús; pertenecerle a Ella es trabajar activamente para su causa, que no es otra que la de llevar a las almas al Sagrado Corazón de Jesús, esto es, a la salvación eterna.
¿Llevas la Medalla Milagrosa pero no eres creyente? ¡Siéntete muy afortunado! Deberías preguntarte: ¿Cómo llegó a mi? Y ¿por qué la llevo? Permíteme decirte que el hecho de llevarla, a pesar de tus dudas, son de por sí una muestra inequívoca de lo que el Señor está haciendo en tu vida por medio (mediación) de su Madre. ¡Ella ha puesto sus ojos misericordiosos sobre ti! Sigue llevándola, háblala, tócala de vez en cuando, comparte con Ella (María) tus dudas de fe, tus reservas, tus preocupaciones...Emplea ese canal (la Medalla) predilecto que nos ha sido dado.
Por último, me dirijo a ti hermano, hermana, que portas la Medalla de Nuestra Madre con orgullo y que te sientes, como no puede ser de otra forma, amado por Ella. Pon en oración esto que te voy a decir: ¿Es posible que la Inmaculada Concepción te esté llamando a consagrarte a Ella? No en vano llevas su medalla, la medalla de mamá...
Que Dios te bendiga,
Iván.
AMP+

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Me ha encantado papi.
ResponderEliminarVoy a hacer a mi medallita todo lo que has puesto.
ResponderEliminar¡¡¡Muy interesante!!!
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