El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 19 de noviembre de 2023

Talento aprovechado (Mt. 25:14-30)

 


   Nada tenemos que no hayamos recibido, pues todo lo hemos recibido de Dios (I Cor. 4:7). El mayor de los talentos del que ninguno carecemos es la vida. En consecuencia, si hemos recibido tan gran don, no podemos desperdiciarlo, sino que hemos de honrarlo, emplearlo como corresponde. Vivir para nosotros mismos sería desaprovecharlo, es más, sería como quedarse con el talento en beneficio propio, lo cual de por sí es peor que guardarlo para devolverlo sin ningún rendimiento. Vivir para el otro, para los demás, es enfocar las cosas desde la perspectiva correcta. 


   Pero el primer talento ha de aspirar a otro mayor, más pleno, ante el cual todos los demás carecen de valor. Me refiero a la vida eterna: la vida en Cristo. El Señor no se conforma con que estemos vivos; ni siquiera con el hecho de que nuestro trabajo, o habilidad especial para la que estemos francamente capacitados, la desarrollemos "simplemente"  con maestría. El Señor nos ha llamado a reflejar su gloria en todo lo que hacemos, a que se le vea a Él en toda buena obra que de antemano dispuso que nosotros realizáramos (Ef. 2:10). No se trataría por tanto de ser el profesor, empresario, científico, médico o padre del año, sino de que el ejercicio de esos trabajos se realice para la gloria de Dios. 


   Ciertamente hay talentos que por muy bien que se desarrollen no pueden agradar a nuestro Creador. Pensemos en alguien que tenga una capacidad innata para abrir coches y arrancarlos con sus propias manos, es decir que se dedicara a robar automóviles. O en un seductor nato que fuera capaz de encandilar a todas las mujeres que se propusiera...Hay talentos que vienen de Dios, y otros que no.

Sabemos además que el mundo tiene sus propios estándares de lo que se considera ser un hombre o una mujer de éxito. No nos confundamos. Esos no son los parámetros que emplea Dios. Los talentos no son nuestros, no son para beneficio propio, sino que nos han sido prestados para devolverlos, ¡y con ganancias! 


   Llegados a este punto cabe preguntarse: ¿Cómo puedo dar el fruto que Dios espera de mí, conforme a lo que Él me ha dado?


a) Poniendo el foco fuera de mí. No se trata de lo que tu necesitas, sino de lo que los demás necesitan de ti. Pregúntate a menudo: ¿Qué puedo hacer por los demás? ¿Qué necesitan de mí?.. ¿Qué puedo hacer por mis compañeros de clase? ¿En qué puedo ayudar en casa? ¿Cómo puedo hacer mejor mi trabajo para que aquellos que se benefician de él estén más satisfechos? ¿Cómo puedo ayudar a mis hijos? ¿Cómo puedo pasar más tiempo con ellos? ¿Cómo puedo ayudar a mi esposa a santificarse junto a mí?....


b) Permaneciendo unido a Cristo. (Juan 15:5). Las obras de Dios se realizan en comunión con Su Hijo. Fuera de Él nuestros talentos no rendirán el fruto esperado. Como mucho, podremos custodiarlos y devolvérselos intactos. Pero recuerda, no es eso lo que Dios espera de ti. Piensa: ¿Sobre qué te ha puesto el Señor a cargo? ¿Sobre un empleo, una empresa, una carrera universitaria, un pequeño y humilde negocio, una casa, una familia...? Pues sirve a esa causa porque en ella te ha puesto tu Señor. Y hazlo junto a Él. Sobre esto es sobre lo que se te pedirán cuentas. No te preguntarán acerca de las medallas conseguidas, los likes obtenidos en redes, los países visitados o las pantallas de videojuego superadas. Se te va a preguntar sobre cómo has servido a Su causa, a la de los demás, y no a la tuya (Mt. 20:28).


   ¿Actuaremos con negligencia con las cosas de Dios? ¿Seremos tan insensatos como para perder la vida, presente y futura, por las cosas terrenas? Aspiremos a las cosas de arriba, y no a las de la tierra (Col. 3:2). No desperdiciemos el talento que nos ha sido dado. 



¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, 

te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor” 

(Mateo 25:21)




Que Dios os bendiga,


Iván. 


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