El Señor vuelve a hablarnos hoy del Día del Juicio, y es que llevamos bastantes días en los cuales la liturgia de la Palabra nos remite a Su venida y a lo que se encontrará cuando ésta tenga lugar: ¿Encontrará ovejas, o encontrará cabras? Pues si algo está claro es que encontrará de ambas, y será Él el encargado de separar a las unas de las otras. La diferencia estribará en los frutos de unas y de otros, porque ni mucho menos servirá con haber tenido buenas intenciones, o con haber confesado con la boca lo que no se ha creído con el corazón. Sírvanos este mensaje de Jesús de advertencia, de autoevaluación y, por supuesto, de estímulo. ¿En qué punto me encuentro yo a día de hoy? Yo, que me digo cristiano, que digo que creo, que confieso que creo, que siento que creo... ¿Cuáles son mis obras, cuáles mis credenciales, cuáles los frutos que provienen de mi fe? Recordemos todo lo que viene diciendo el Evangelio estos días atrás acerca de la necesidad de dar frutos, de rendir, de producir, de obrar conforme a lo que Dios espera de sus siervos...
Pero vayamos un poco a la primera lectura del día, del libro del profeta Ezequiel (Cap. 34). Aquí se nos dice que el Señor buscará a su rebaño y lo cuidará (v.11). ¿Y cómo lo cuidará? Pues recuperándolas de los lugares por donde se habían dispersado, apacentándolas, cuidando de las heridas y de las enfermas... Y todo ello de tal forma que nosotros, su rebaño, podamos recitar con plena confianza y gozo aquel salmo que dice que el Señor es nuestro pastor y que nada nos falta...Porque sentimos verdaderamente sus cuidados, su guía, su poder, su amor. Podemos sentir que nos saca de lugares oscuros y que nos hace recostar sobre verdes praderas. En definitiva, es Él el primero en dispensarnos esos cuidados. En consecuencia, ¿qué podrá esperar de sus hijos, sino que hagan lo mismo con sus hermanos más pequeños? ¿No exigirá de nosotros el que amemos al prójimo siendo capaces de verle a Él mismo en cada uno de ellos? No es una tarea fácil. Es más, diría que sin la ayuda de Dios es imposible del todo. Por ello, hemos de pedirle su continua asistencia...
Conocida es por el pueblo católico la lista de las obras de misericordia llamadas "corporales", que no es otra que la facilitada por nuestro Señor en este pasaje de hoy: Visitar al enfermo, dar de beber, de comer y vestido al que no tiene ; proveer de techo al peregrino, visitar al preso y enterrar a los muertos (Mateo 25:35-37; 27:57ss.). Pero también hemos de hacer que nuestros talentos rindan en términos espirituales, enseñando al que no sabe (II Tim. 3:16; 4:2); dando consejo al que lo necesita y corrigiendo fraternalmente al que yerra (Mt. 18:15-17); perdonando al que nos ofende (Mt. 6:12), consolando al que está triste (I Tes. 5:11,14); soportando pacientemente los defectos del prójimo (Col. 3:13) y orando los unos por los otros. (Stg. 5:16) ¡Estos son los frutos que ha de dar nuestra fe! ¡Este es el amor que el Señor espera encontrar en nosotros! Porque Él lo hizo primero, y lo hace cada día.
Amigos, sabida por todos es la disputa entre protestantes y católicos acerca del lugar de las obras en el plan de Salvación de Dios. Es una "pelea" que personalmente me provoca una honda tristeza, pues creo que verdaderamente somos hermanos. Y yo, siendo católico, afirmo: la salvación es por la fe en Cristo. La cuestión es si la fe necesaria para alcanzar la gracia de la salvación puede ser, o no, una fe improductiva, en palabras del apóstol Santiago: una fe muerta. Ciertamente una fe genuina en Cristo nunca podrá ser estéril. Pensemos en los árboles frutales. Las flores que dan algunos de ellos son maravillosas. Llenas de belleza, color y esplendor. Alegran la vista pero, lo más importante es que apuntan a algo mayor: el fruto. Pues es el fruto el que da de comer al hombre, es el fruto el fin último de toda la vida del árbol. Supongamos que nuestra fe se quedara estancada en su fase inicial, en ese enamoramiento y alegrías pasajeras, y que no pasara jamás de ahí, no madurase...No, no somos llamados a esa clase de fe. La fe se ha de ir perfeccionando, y se perfecciona con las obras (Stg. 2:22), porque son esas mismas obras las que dan testimonio al mundo de la presencia viva de nuestro Señor. Y eso es lo que necesita el mundo: a hombres y mujeres que, como hiciera Jesús, siguen trabajando en las obras del Padre, que cuidan de la oveja descarriada, de la coja, de la enferma; que las fortalece, que las enseña, corrige y perdona...¡Que las da a conocer el Evangelio! Y todo ello para colaborar con el Padre en conducirlas al redil, al redil de la Vida Eterna.
"Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparada para vosotros".
desde la creación del mundo"
Que Dios os bendiga,
Iván.
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