El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

lunes, 13 de noviembre de 2023

Fe, verdad y esperanza (Tito 1: 1-3)



   El apóstol Pablo comienza su epístola a Tito diciendo ser siervo y apóstol de Jesucristo  para suscitar (es decir producir, originar, motivar, engendrar...) la fe y la verdad que llevan a la esperanza de la vida eterna,  en aquellos a los que dirige su actividad misionera.
Hablemos un poco de estos tres elementos: La fe, la verdad y la esperanza, entendiendo que no pueden ir separados, sino que se han de relacionar y alimentar mutuamente en la vida de todo creyente.

Ciertamente hay personas que tienen fe , pero no conforme a la verdad. Creen en algo, dicen que debe de existir algo, pero no le dan la importancia suficiente a ese "algo" como para buscarlo. También hay otros que sí tienen una fe definida, ya sea en dioses, creencias, o filosofías de vida que no son las reveladas por la Escritura. Pueden ser religiones (o formas propias de entender la religión verdadera), que en algunos casos podrían apuntar hacia la verdad del único Dios verdadero, pero que no son "la verdad", no aquella manifestada por su palabra. Por tanto, ¿será suficiente con tener fe? Ciertamente no, pues ésta tiene que dirigirse obligatoriamente hacia la verdad. Es tan importante el tener fe como el objeto que recibe esa fe, es decir aquello sobre la que se apoya. La fe ha de fundamentarse en la verdad. 

Y es que el apóstol añade que ha sido llamado también a llevar el conocimiento de esa verdad . No se puede creer en cualquier cosa, sino que hemos de creer en la única verdad. Y para ello, la verdad nos ha de ser pronunciada, revelada, predicada, dicha de algún modo (Ro. 10:14-17); nosotros por nuestra parte, hemos de querer conocerla, desear saber más acerca de aquello hacia lo cual se dirige nuestra fe.

También podría ocurrir que conociéramos la verdad, fuésemos unos estudiosos de la misma y que sin embargo no pusiéramos nuestra fe en ella. Dicho de otro modo, que aún conociendo la verdad no creyéramos que lo fuese verdaderamente y consecuentemente no supusiera nada relevante en nuestra vida. Constituiría un aprendizaje teórico que en la práctica no tendría implicaciones para mi vida. Imaginemos a un teólogo experto en fe cristiana que no crea que Jesús es el Hijo de Dios, aun cuando supiera explicar perfectamente el plan de salvación de Dios en Cristo. ¡ Podría darse cuenta del caso! Eso sí,  no  creer en la verdad, aun siendo expertos en el conocimiento de la misma, vale de poco.

El elemento último al que se referirá Pablo en este comienzo de su epístola es la esperanza de la vida eterna.  La fe en la verdad se sostiene sobre una esperanza, la esperanza en la vida futura. Muchas personas esperan una vida mejor tras la muerte. Al menos así lo manifiestan cuando pierden a sus seres queridos. No tienen fe en la verdad. Desconocen de hecho la verdad e incluso rechazan lo que de ella pudo haber oído. Sin embargo sí creen, o más bien desearían creer, en que hay algo (bueno) tras la muerte. Y yo me pregunto:  ¿Podemos esperar estar tras la muerte allí donde no hemos querido estar en vida? (Esto es, en el Reino de Dios). ¿Podemos pretender estar tras la muerte con quien no hemos querido estar en vida? ( Esto es, con Cristo). De nada nos vale con creer en la existencia de un paraíso si no recorremos en esta vida el camino que nos lleva a él. Me refiero al camino de la fe verdadera, el camino de Jesús, el cual es camino de cruz, pero una cruz que se lleva con la esperanza puesta en la vida eterna.

Acabo: La esperanza en la vida eterna de la que vive el creyente está fundada en el conocimiento de la verdad revelada en el Evangelio. La verdad acerca de una vida disponible para todos aquellos que se adhirieron, mediante  la fe,  a la salvación que Cristo ha conquistado. Fe en la verdad para alcanzar la vida eterna.  Esta es, hermanos, nuestra esperanza. Aquella a la que llamaba San Pablo a la gente mediante la predicación de la palabra manifestada por Dios (v.3).


Dios les bendiga,

Iván. 

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