En el Evangelio de ayer (Lc. 14:25-33) se nos mostró cuan exigente es el camino de la salvación, que no es otro que el de seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias, y esto teniéndolo todo por pérdida con tal de ganarlo a Él. (Flp. 3:7-8).
La escena de hoy nos presenta precisamente a algunos, o más propiamente habría que decir algunas, pues son mayoría las mujeres, que acompañan al Señor en su agonía, la de sus últimos instantes de vida. El Señor se dirige a su madre y le dice que ahí tiene a su hijo. No dice aquí , pues no se refiere a sí mismo, sino que dice ahí. Se refiere a otro, al discípulo amado, al único de los doce íntimos de Jesús que lo ha acompañado hasta el final y que está también allí, junto a la cruz. A continuación, se dirigirá al propio Juan con estas palabras: ahí tienes a tu madre .
Para Juan probablemente este anuncio sería recibido de una manera lógica y humana: ¿Qué sería ahora de María? Ya perdió a José años atrás, y ahora le arrebataban a la razón de su vida. ¿A dónde iba a ir? El discípulo, planteándose estas preguntas y obedeciendo las últimas instrucciones de su maestro, la acoge en su casa, la recibe, como dirán algunas traducciones, como algo propio. Jesús lo pone a cargo de su bien más preciado. Juan ha actuado como un siervo prudente y fiel, manteniéndose firme hasta el final. (Mt.24:45-51).
En cuanto a María, esas palabras dichas desde la cruz, pudieron recordarle a aquella ocasión en la cual el ángel del Señor le anunció que sería madre. Ahora sin embargo será ese mismo hijo, el Hijo de Dios, quien le anuncie que será la madre de todos los creyentes. Así como el ángel del Señor anunció a María que sería madre de Jesús, ahora es el mismo Jesús quien le anuncia su nueva maternidad: la espiritual. Podemos hablar aquí de una segunda anunciación: Madre, ahí tienes a tu hijo .
Como discípulos de Cristo hemos de aprender que llegar hasta el final no es sencillo, requiere de una firme determinación a terminar lo que se ha comenzado. Ya Jesús mismo nos lo dijo: Porque, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero para calcular los gastos y ver si tendrá para terminarla? (Lc.14:28) . Juan llegó hasta el final, siendo así que fue testigo directo de la agonía y muerte del Señor. ¿Cómo empezar a construir algo si no sé si tengo lo que necesito para acabar? Pero Juan pudo aprender como testigo directo el precio a pagar. Aprendió que ese es el camino del cristiano; que ese es el destino de aquellos que deciden seguir a Jesús; que esa es la vida que les espera, pues si al maestro le hicieron eso, ¿qué no se les haría a sus discípulos?
Jesús, que no es en absoluto ajeno a lo que nos acontece ni a lo que podría pasársele a Juan por la cabeza, le entrega a su madre, le entrega a María, pues con ella, a buen seguro podría recorrer ese camino, así como Jesús mismo lo recorrió con ella a su lado. (No es necesario recordar aquí de qué otras grandes revelaciones será Juan testigo años más tarde).
Hermanos, necesitamos de todo aquello que Jesús nos ha dado para poder seguirlo. Necesitamos de la Iglesia y de la vida de iglesia, necesitamos de la Palabra de Dios, necesitamos de la Eucaristía, necesitamos de la fe, de la caridad, de la esperanza, de la oración, del Sacramento del Perdón...¡Y necesitamos de María! Nuestra madre espiritual, la cual nos acompaña, nos guía, nos fortalece, nos enseña y ama, si es que obedecemos al Señor acogiéndola en nuestra propia casa...
Que Dios os bendiga,
Iván.
AMP+

.jpg)
0 comentarios:
Publicar un comentario