¿Qué veo cuando contemplo a la Sagrada Familia de Nazaret?
Veo un misterio: el Misterio de Dios.
Veo un Sagrario, pues está Él en su interior.
Veo a un hombre herido, necesitado de redención.
Veo a una mujer hermosa, inmaculada desde su concepción.
Y veo a un niño chico, que es el Cristo, el Salvador...
¡Qué maravillosa escena del plan de Dios! Y no sólo para las familias, que también, sino de todo el plan de salvación. Tenemos en primer lugar a José, el padre. Un hombre santo, pero necesitado como todos nosotros de redención. José es el sostén, el custodio, el protector de la sagrada familia. José es el hombre orante, el instrumento de apoyo del plan salvador. José entronca directamente con toda la historia de la redención, la historia sagrada, la de los patriarcas, la de todos los justos héroes de la fe, que esperaron pacientemente durante siglos la llegada del Salvador. Quizás por ello haya sido tantas veces representado como un hombre cargado de años. Pero José desaparece del relato del evangelio de manera que no estará junto a la Cruz de su Hijo. Quizás tuvo que morir y esperar aquel "descenso a los infiernos" de Jesús que proclamamos en el Credo, aunque sólo fuera durante unos años, para así ser definitivamente redimido junto con los espíritus en prisión (ver 1Pe.3:19) de Adán y de Eva, de Abel, de Noé, de Moisés y de Aarón, de Josué, de David (que era de Belén, como él), y de tantos otros...José podría representar además, como hombre que esperaba la salvación, la Iglesia que peregrina sobre la tierra. Será siempre un buen apoyo para todos nosotros y nuestras familias.
Detengámonos ahora en María, la Madre de Dios, imagen misma del hombre ya redimido. Ella misma nació santa, jamás conoció el pecado, pues por singular gracia del Espíritu Santo le fue concedida la plenitud de la gracia desde su concepción, como fruto anticipado de la redención alcanzada por su Hijo. Contemplarla a Ella es contemplar el plan original de Dios, el de la criatura perfecta estrechamente unida a Él, que no se aparta nunca de su voluntad, pues ambas voluntades se fundan en una sola. Es el sí del hombre a Dios. Ella es la nueva Eva. Según dirá San Maximiliano M. Kolbe, la Inmaculada es el "vértice" de la unión entre Dios y la criatura. Por eso es la más excelsa de todas las criaturas, por encima incluso de los ángeles. María representa la meta a la que todos aspiramos, el ideal de la perfección humana. María es además, de alguna forma, imagen de la Iglesia triunfante. Ella, desde los cielos, es sin duda la mejor de las intercesoras, pues si ya lo hizo en esta tierra, con mayor poder lo hará desde los cielos, de los cuales es su Reina.
Y por último vemos que está el Niño, uno por quien todo fue hecho. El más pequeño de la escena y sin embargo el más grande. Él es el Redentor. Él es Aquel a quien todos necesitamos para nuestra salvación. Lo precisó María, para ser la Madre de Dios, y lo precisaría José durante toda su vida. Representa el fruto más extraordinario del amor más excelso: el del amor entre el Espíritu Santo y la Inmaculada; el del amor entre Dios y el hombre. Jesús es la esperanza del hombre, de la creación entera; Él es la promesa de Dios, el cumplimiento de su Palabra, porque Dios es fiel. El cordero sin mancha apartado en un pesebre para quitar el pecado del mundo. Jesús será la luz dentro del hogar de Nazaret, el que divinizará todo lo cotidiano. Con Él vendría la Vida, la Luz de los hombres... La Corona misma del Misterio de Dios.
Que Dios os bendiga,
Iván.
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