El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

martes, 4 de enero de 2022

Muerto a la Ley (Gál. 2:19)

   


   Dice San Pablo en su epístola a los gálatas, cap. 2 versículo 19, "he muerto a la Ley, por medio de la Ley". Y todo ello, con el fin de " vivir para Dios ".

Como el mismo Pablo diría en Romanos, la Ley le mostró que era pecador (Ro. 3:20) y que en consecuencia estaba condenado, pues la paga por el pecado es la muerte (Ro. 6:23). Una Ley perfecta, la de Dios, no puede ser cumplida por seres imperfectos como nosotros, no sin la ayuda del Creador. La Ley no se hizo para salvarnos, sino para que nos supiéramos condenados y acudiésemos a la salvación ofrecida por Dios. La justicia exige que las penas se cumplan, si no, no hablaríamos de justicia. Sin embargo, en vez de morir los pecadores, el Hijo de Dios murió por nosotros. La deuda quedó saldada. Pablo, que apareció como condenado y reo de muerte por medio de la Ley, es redimido por el cumplimiento de esa misma Ley en Cristo. Para la Ley Pablo ha muerto porque ella misma le condenó. Ahora, abrazado a Cristo, crucificado con Él (Gál.2:19) y, en Él, crucificado para el mundo, es deudor de su Salvador, de aquel que saldó su deuda. Su vida no le pertenece, sino que es de Aquel que murió en su lugar: Jesús. Por ello, ahora en adelante vivirá una vida de entrega, amor y servicio a Él y, en Él, a los hombres, a quienes tratará de atraer hacia su Salvador, que es el de Pablo y el de todos nosotros.

Ya no es deudor de la Ley. No vive para servir a la Ley pues sabe que "en el ámbito de la Ley nadie está justificado" (Gál. 3:11). Ahora sirve a la Ley del Espíritu, recibido por la fe en su Salvador. Vive para servirlo a Él por medio de esa ley, que no está grabada en la piedra (como sí estaba la Ley dada a Moisés) sino una ley grabada en los corazones de carne. (Ver 2Cor. 3:1ss) Atrás quedó la Alianza Antigua, la de la letra, para dar paso a una Nueva Alianza, la del Espíritu. Un espíritu que guía al creyente hacia lo que es justo y bueno ante Dios. Este Espíritu, que es el Santo, nos incita constantemente al cumplimiento de la verdadera ley de Dios, aquella que me dice que le ame por encima de todas las cosas y al prójimo como a mí mismo (Lc. 10:26-27). En ello vemos cumplidas las profecías de Jeremías (31:33-34) y de Ezequiel (11:11ss.; 36:26ss.). Profecías que nos enseñan que se ha cumplido aquello de que Dios escribiría su ley en nuestros corazones. Que Él sería nuestro Dios, arrancaría nuestro corazón de piedra (¡incapaz de amar!) y nos daría uno de carne. Con este Espíritu podremos dar cumplimiento a la ley de Dios y ser así santos como Él es Santo. (Levítico 11:45; Mateo 5:48).

Este itinerario, el de San Pablo, ha de ser el de cada uno de los creyentes. Démonos cuenta de la grandeza de la obra de Dios por nosotros (con el sacrificio redentor de su Hijo) y en nosotros, dándonos el Espíritu Santo, espíritu de adopción que grita "Abba" y que es sello y prenda de vida eterna. 


Que Dios os bendiga,

Iván.

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