Todos los creyentes nos hemos de preguntar si vivimos nuestra fe simplemente como un conjunto de costumbres, de tradiciones heredadas de nuestros mayores, o si verdaderamente esa fe determina e influye radicalmente en nuestra vida, hasta el punto de definir quiénes somos y cómo vivimos.
Algo me dice que el católico promedio necesita ser revangelizado, y quizás sea por eso que Europa y todos los países de tradición católica están y son invadidos cada día de ideologías paganas frontalmente opuestas a la doctrina cristiana. ¿Qué oposición, qué resistencia ofrecemos frente a todo ello? Si no sabemos en lo que creemos, mejor dicho, si no vivimos lo que creemos, difícilmente podremos reconocer, ni mucho menos resistir, ideas enfrentadas con nuestra fe, que a lo mejor es la fe de nuestros padres, y antes la de nuestros abuelos. , y no hemos sido capaces de hacerla verdaderamente nuestra.
No es nuevo el hecho de que el Mundo, entendido éste como el medio empleado por el Maligno para inocular su veneno, trata de pervertir las sanas costumbres del mundo evangelizado apartándole lentamente, sin darnos apenas cuenta, de la doctrina y la vida cristianas. Poco a poco van introduciéndose ideas, opiniones, creencias (y no escatima medios para ello) que vamos asumiendo como buenas, como una revisión de lo de siempre, como parte del progreso del hombre...
Pero no quiero apartarme del objetivo principal de estas líneas. Decía que creo que el católico necesita preguntarse por aquello sobre lo cual está cimentada su vida.
Yo nací católico. Fui bautizado y recibí a temprana edad mi primera Comunión. Eso dejaría en mí una impronta, un sello de pertenencia al Pueblo de Dios, del que forman parte todos los bautizados. Sin embargo ahí terminó todo. No acudí a los Sacramentos, no leí el Evangelio, no pertenecí a parroquia alguna, en definitiva, me desnutrí espiritualmente. No sería hasta los 27 o 28 años que empecé a interesarme por las cosas de Dios, lo cual se tradujo en la práctica, en una lectura voraz de la Biblia. Y aunque mi caminar hasta llegar a sentirme verdadero miembro de la Iglesia Católica fue largo y algo irregular (sería para contarlo en otra ocasión) sí puedo decir que experimenté una verdadera conversión a Cristo, una verdadera aceptación de la fe, un genuino sentimiento de condenación primero y de salvación después. Y ésta es la clave de lo que quiero que te preguntes hoy:
Tú que estás bautizado y que cumples con los preceptos de la Iglesia, ¿has vivido, has experimentado, has sentido alguna vez una verdadera conversión a Cristo? ¿O tu fe no es más que una rutina, una costumbre, una forma heredada de expresión, un apéndice más dentro de tu vida? La fe no puede ser una parte de nuestra vida, como si ésta pudiera parcelarse; la fe ha de ser nuestra vida. Cristo no puede ser algo a lo que recurrir únicamente cuando se enfrenta una crisis o una dificultad. Algo a lo que acudir sólo cuando me sorprende la tormenta. La tormenta me ha de encontrar cobijado bajo su manto; las tinieblas me han de sorprender con Cristo iluminando mi camino; y la muerte me habrá de llegar estando en el Corazón mismo de Aquel que es centro de nuestra fe, de nuestra vida, de nuestro todo...Porque si no es así, en vano repetimos como autómatas la fe de nuestros padres.
Las vírgenes prudentes, al igual que las otras, salieron con aceite en sus lámparas. Pero sólo algunas llegaron al banquete de bodas con ellas encendidas (Mt. 25, 1-13).
Día a día, ocasión tras ocasión, hemos de velar por mantener encendida la lámpara de la fe, alimentando el fuego del Espíritu en nosotros, y eso no se hace con tradiciones únicamente, sino entendiendo que la fe en Cristo no es una opción, sino una imperiosa necesidad que hemos de aceptar y vivir cada día con verdadera entrega y pasión. Apostándolo todo a esa "carta". Sólo así el precepto, la costumbre, la tradición, podrán entenderse y cobrar sentido, convirtiéndose, ahora sí, en verdaderos medios de salvación.
Que la Inmaculada nos acompañe en este redescubrimiento al que todos estamos llamados,
Iván.

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