El Espíritu que hemos recibido por medio del bautismo y confirmado posteriormente mediante la fe, este mismo Espíritu es fuego consumidor, como también Dios mismo es fuego consumidor (Is. 33:14). Sin embargo, el afán del mundo para con el creyente es apagar dicho Espíritu, es mantenerlo latente, inoperante, dormido, muerto...Todo creyente tiene la responsabilidad, de honrarlo, pues es el Espíritu Santo, custodiándolo dignamente. Sin duda se trata de un regalo inmerecido, prenda de nuestra salvación, y hemos de procurar que arda y abrase todo nuestro corazón, nuestro mismo ser. Que queme toda la cizaña que hay en nosotros, que se convierta en un fuego purificador de nuestras almas. Para ello, ¡oración, oración y oración! Ésta, elevada muy especialmente a través de la Madre de Dios, la Toda Pura, será como un combustible que despertará el fuego del Espíritu. La oración nos llevará a la penitencia y ésta a una Comunión recibida de manera más digna y llena de fruto.
Que Dios os bendiga,
Iván.
AMP+

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