Negar la existencia del pecado es negar a Cristo. Si digo que no tengo pecado, además de faltar a la verdad (1Jn. 1,8) estoy negando a Cristo. Estoy negando su obra, porque si no hay nada malo en mi vida, nada debe de ser restaurado. Porque si no he hecho ningún mal, entonces no debo de pedir perdón, es decir, no hay nada de lo que deba ser perdonado. Porque si no soy pecador, no he contraído ninguna deuda con ninguna criatura ni con Dios, y por ello no necesito de su salvación. Negar mi pecado, es negar a Cristo.
Uno de los mayores obstáculos que encuentra el hombre moderno para acercarse a Dios es su firme creencia de no ser pecador, o al menos no de gravedad, y puesto que se cree no-pecador, cree que no necesita perdón de nadie. El cristianismo es una fe de perdón, no se entiende sin Aquel que viene a pagar por las deudas contraídas por aquellos que nada pueden hacer para restaurar su situación de alejamiento de Dios. Dirá San Pablo en Romanos 3,23 "todos pecaron y están privados de la gloria de Dios". Esta es la situación real, la que no admite el hombre, la que no quiere ver porque le hace vulnerable, le hace dependiente, le coloca en una situación de extrema gravedad cuya solución depende de otro, no de sí mismo. "Todos pecaron"; todos somos pecadores y, en consecuencia, todos estamos necesitados del perdón de Dios. "Estamos privados de la gloria de Dios" mientras permanecemos en el pecado; permanezco en el pecado si no me arrepiento y siento la necesidad de ser salvado de esta situación; no seré libre de esta situación si no me entrego a Cristo y abrazo su obra salvífica.
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