El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

martes, 18 de junio de 2019

Babel

     Sobre el libro del Génesis, capítulo 11, versículos del 1 al 9.

   La lectura de este conocido pasaje nos sitúa en el comienzo de las actividades humanas tras el Diluvio. Todos los hombres están unidos por una misma lengua, son un solo pueblo que emplea las mismas palabras. Entre ellos no hay discusiones, se ponen de acuerdo en todo y, como dice el pasaje, "serán capaces de todo aquello que se propongan". ¿Por qué dirá esto? Porque no hay divisiones, trabajan como un solo hombre y, unidos, nada impedirá que exploren sus límites. -¿Hasta dónde somos capaces de llegar? ¡Hasta el cielo!- Seguramente dirían algunos mientras trabajaban afanosamente poniendo ladrillo, tras ladrillo. Esto que en principio podría parecer bueno, no le agradará sin embargo a Dios.
   Nuestro Dios no es en absoluto un Dios caprichoso. Hemos de entender que todo aquello que no le agrada y que nos dice que no debemos de hacer, lo dice desde la perspectiva de un Padre que busca lo mejor para sus hijos. Todo lo que Él ha hecho es bueno (Gén. 1:31), pero no todo lo que el hombre hace lo es también. Podemos leer que la ciudad y la torre que los hombres empiezan a levantar  tiene la finalidad de conseguir que los hombres se hagan un nombre, es decir de hacerse grandes. Pero yo me pregunto, ¿ante quién, si no había otro pueblo, otros hombres ante los que erigirse? Para alcanzar sus propósitos comienzan a construir una torre que alcance el cielo.
   El hombre, como ya ocurriera con Adán y Eva, trata de nuevo de obrar al margen de Dios, pretende ser como Él. Quieren ser alguien ante su Creador, es más, pretenden alcanzarle, llegar, por medios humanos, a donde Él habita. Pretender llegar hasta Dios por medios humanos no es posible, constituye una locura. La intervención de Dios busca evitar que el hombre se autodestruya. Sabemos por experiencia que a lo largo de la historia, siempre que el género humano ha jugado ( ¡y juega!) a ser Dios, ha puesto en peligro multitud de vidas humanas...
   En este pasaje, la manera de proceder de Dios es maravillosa por su simpleza y eficacia: Dice el pasaje que confundió su lengua para que ninguno entendiera al prójimo y así se dispersaran. La no dispersión, es decir, el mantenerse unidos, era una de las preocupaciones de los hombres (v. 4) pues eran conscientes de que sólo así podrían alcanzar sus propósitos.
   Siempre se ha entendido este pasaje como el origen de las lenguas, es decir de los diferentes idiomas. No sé si Dios les otorga aquí distintos idiomas a cada hombre o, manteniendo el mismo idioma, hizo sin embargo que dejaran de entenderse, de comprenderse, de escucharse y de tratar de llegar a acuerdos, como por otro lado ocurre hoy en día entre personas de la misma nación, del mismo pueblo, de una misma raza, creencias, vecindario e incluso ¡familia! Lo que es claro es que, si bien será desde los tiempos de Adán que el hombre fue afectado por el pecado original, desde Babel, el pecado dañó profundamente la capacidad de entendernos los unos a los otros, aun en el mismo idioma, así como la voluntad de querer hacerlo. Ciertamente, a menudo nos falta humildad y nos sobra soberbia cuando hablamos con el prójimo. Y serán precisamente el orgullo y la soberbia los que le lleven al hombre a tratar de alcanzar a Dios. Esto sin embargo no es posible para una criatura tan pequeña en comparación con la inmensidad de su Creador. La historia de la Redención nos enseña que no es el hombre el que por sus propios medios puede subir al cielo para alcanzar a Dios, sino que es Dios mismo quien baja a la tierra para alcanzarle la salvación al hombre. Todo ello, por medio de Su Hijo: Jesucristo hombre.





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