¡¡No te odies a ti mismo cuando vuelvas a tropezar, odia el pecado que has cometido!! Y por encima de todo, acepta de una vez por todas que sí, que tú también eres pecador. Aceptar no quiere decir estar orgulloso de tal condición, penosa por otra parte, ni tampoco quiere decir que debamos acostumbrarnos. No quiere decir tampoco que debamos de ser condescendientes con esta situación, ni que podamos relajarnos. El haber pecado siempre ha de producirnos dolor y rechazo, siempre ha de llevarnos al arrepentimiento, incluso cuando sabes que eres tan débil, que no tardarás en hallarte en la misma situación de nuevo. Contra eso es contra lo que te has de revelar, pero no contra tu persona.
¡Todos somos pecadores! Pero es cierto que no a todos les importa cometer pecado; todos atentamos frecuentemente contra el prójimo y contra Dios, pero no a todas las personas esto les supone un problema. Esta será la diferencia fundamental entre el creyente y el no creyente; no que el primero acuda todos los domingos a Misa y el segundo no sepa donde se encuentra la iglesia de su pueblo; no el hecho de que uno se sepa muchas oraciones aprendidas desde la infancia y al otro le entren escalofríos al oír un Padrenuestro; no que uno esté bautizado, haya hecho la primera Comunión y se haya casado por la iglesia mientras el segundo reniega de todo lo santo...¡No amigos míos! Por mucho que la vida de iglesia muestre coherencia de vida cristiana y sea fundamental para alcanzar la santidad esperada, lo cierto es que la verdadera y más profunda diferencia entre el verdadero creyente y el que no lo es, es su reacción ante el pecado propio. Y esto es algo que no se aprende, se siente (y padece), por obra y gracia del Espíritu Santo.
¿Te sientes abatido cuando cometes una falta? ¿Desearías tener la fortaleza suficiente para decir "basta" cuando la tentación se presenta? ¿Te supone una pesada carga el haber pecado, y deseas liberarte de ella aceptando una vez más el perdón? Entonces no hay duda de que Dios obra en tu vida, y si obra en ella es por que te ama, sí ahora, a pesar de tus faltas y debilidades. Él no guarda su amor para cuando seas perfecto, Él te perfecciona por medio de su amor. Por ello, como dije al comienzo, no te odies, porque aquello a lo que Dios ama, tú no debes odiarlo. Dios te ama así.
Eclesiástico 4: 20,22,26.
"No te avergüences de ti mismo,
ni sientas vergüenza por tu caída.
No te avergüences de confesar tus pecados".
Amén.
.jpg)
0 comentarios:
Publicar un comentario