El Sí de María (hágase en mí según tu palabra) no es la aceptación de una solicitud en un momento puntual, en un instante concreto de su vida, sino que es la aceptación total y absoluta de la voluntad del Padre sobre toda su vida, sobre todo su ser. La Voluntad, sobre su voluntad. Toda la vida de la Virgen es un sí a Dios (he aquí la esclava del Señor). Lo fue desde el principio y, puesto que hablamos de un Dios de vivos, lo sigue siendo aquí y ahora. Nada en María se opone jamás a Dios. Nada se interpone entre ellos. Su vida entera es de entrega a sus planes, de cumplimiento de lo que, por medio de las inspiraciones del Espíritu Santo, sabe que debe de hacer en cada momento concreto de su vida. Ella es, por tanto, la misma Voluntad del Padre puesta por obra. El instrumento perfecto de Dios. Aquella a través de la cual siempre ha podido actuar, con la libertad de quien ama y es amado plenamente, sin interposición del yo. Y Dios sigue actuando aún ahora, con plena libertad, por medio de aquella Inmaculada Concepción. María es transparencia de Dios. Podemos ver y comprender Su voluntad, a través de Ella. Será por todo esto que sólo en Ella podía encarnarse el Hijo del Altísimo, formarse en sus entrañas, y no en otras. Cuanto más perfecta es el alma, cuanto más pura, más plenamente podrá ser habitada por Dios, un dios que no renunció a hacerse pequeño con tal de salvar a sus criaturas de la maldición del “Yo”; del veneno del amarnos a nosotros mismos por delante del resto. Será precisamente ese tratar de colocarnos en un pedestal que no nos corresponde el mayor de los males que aqueja a la humanidad entera, el más grande obstáculo que se interpone entre Dios y los hombres, dificultando el que podamos ser plenamente alcanzados por su amor. El amor de Dios, derramado sobre nuestros corazones por el Espíritu Santo (Ro.5:5) no encuentra una tierra fértil en la que germinar y dar fruto. Muere ahogada por el No de nuestro egocentrismo. Porque todo lo ponderamos en términos de lo que nos va a costar, de la carga que nos va a suponer, sobre la balanza del peso que me hará soportar…
María, en cambio, se hizo pequeña desde el primer momento para no ser “nada” más allá que el instrumento perfecto de Dios. Y en esa humildad, en esa bajeza y pequeñez, es donde el Salvador pudo hacerse hombre y María, la más grande (desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones).
Ahora pues, y parafraseando al Bautista, será necesario que nos hagamos pequeños, cada vez más, para que Él crezca (Jn.3:30). María, la “pequeña” Madre de Dios, nos muestra el camino del Adviento, de la preparación para la llegada de su HIjo, que es el Hijo de Dios, el único que puede sacarnos de nosotros mismos, de romper las cadenas del pecado que no nos dejan alcanzar la plenitud para la cual fuimos creados, haciéndonos así instrumentos del amor de Dios, portadores de su llama, la llama de Cristo. María es el mejor ejemplo de lo que llamamos santidad. El modelo a seguir para alcanzarlo a Él. La Madre del Salvador y, si te dices “de Cristo”, tu madre. Ella es el faro de esperanza que nos guía hacia buen puerto, hacia la tierra prometida reservada para los que aman a Jesús.
Bendita sea la Inmaculada Concepción de María Santísima,
Amén.

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