S.Lucas 23,35-43.
En la escena de la crucifixión se pondrá de manifiesto, como en ningún otro lugar, la plenitud de la Revelación. Y ante ésta nadie puede permanecer impasible. La cuestión es saber con qué personaje nos identificamos porque, no tengamos duda de que la humanidad entera está ahí mismo retratada. Tenemos al Rey, que es Cristo Salvador; y están los dos ladrones crucificados junto a Él, padeciendo un mismo tormento. ¿Dónde estamos tú y yo? ¿Qué papel estamos interpretando en la vida? ¿Somos como aquel ladrón que ha renunciado a Dios y se permite el lujo de burlarse de Su Hijo? Ya sea de manera directa, increpando incluso; ya sea por indiferencia... ¿O somos como el otro ladrón? Ambos padecen el mismo castigo. Ambos, son merecedores del mismo por causa de sus actos. ¡Son delincuentes! Al igual que nosotros somos pecadores. ¡Todos! Por tanto, no merecemos otra cosa distinta del castigo al que estamos destinados al nacer. Sin embargo, y aunque padeciéramos el peor de los tormentos imaginables en esta vida, jamás podríamos reparar una sola de nuestras faltas. Ese poder sólo lo ostenta Jesús, Aquel que padeció por los pecados de todos sin tener Él mismo relación alguna con el pecado. La actitud, aun en medio del tormento, sólo puede ser una: la del llamado “buen ladrón”. Porque éste reconoce, y así confiesa ante Dios mismo, que su castigo es merecido. Y al mismo tiempo reconoce que Jesús es Rey, un rey inocente que está a punto de volver a su reino junto al Padre, con aquella misma gloria que tuvo desde el principio. Arrepentimiento, confesión y reconocimiento de Jesús como el Hijo de Dios. Aquel que pagando por el pecado que no cometió, nos abre las puertas del paraíso para que estemos con Él eternamente. Viva Cristo Rey. Amén.

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