¿Qué tenemos que hayamos merecido? O ¿qué hay en nuestras vidas que no hayamos recibido de Dios? Estas preguntas, recogidas en 1 Cor.4:7 por San Pablo, bien podrían resumir el mensaje de las lecturas de hoy.
Muchas veces vivimos como si alguien nos debiera algo; como si fuéramos merecedores de recibir mayores bienes y menos “males” que otros. Como si por el hecho de ser quienes somos, o por los que consideramos méritos propios, tuviéramos derecho a estar por delante de otros en la vida. Pues señores, tengamos muy en cuenta esto: Dios no hace acepción de personas. Dios no busca funcionarios. La vida del cielo no es una plaza pública a la que se pueda acceder por medio de puntos y escalando puestos en un baremo. Aunque esto pudiera no ser difícil de entender, sí lo es de asumir. Y es que si hubiera la más mínima posibilidad de alcanzar la vida eterna por nosotros mismos, es decir de ser perfectos por nuestro solo y único esfuerzo, entonces la obra de Cristo habría sido vana; innecesaria. Pero sabemos que esto no es así. Sino que necesitamos obligatoriamente del sacrificio del Hijo de Dios para alcanzar la vida eterna. Sin Él, es del todo imposible. El Mérito ante Dios sólo lo ha alcanzado Su Hijo y nosotros, a lo sumo, podemos ser partícipes de ello.
Ahora bien, ser partícipes de esos méritos exige por nuestra parte un total desprendimiento de nosotros mismos. Es decir, implica que abracemos completamente esta idea de que no somos nosotros quienes nos salvamos, por mucho que seamos como el fariseo y nos creamos intachables ante la Ley y alumnos destacados por causa de nuestro buen hacer. La actitud no puede ser otra que la de un reconocimiento humilde y sincero de que no tenemos nada que ofrecerle a Dios más allá de nuestro agradecimiento continuo. Porque se ha dignado a mirar a sus indignos siervos, condenados por causa del pecado y la carne, pero vivos por el Espíritu de Dios, si es que Cristo habita en nosotros (Rom. 8:1-11). Humildad sincera y agradecimiento. Esa es la actitud del publicano. No sólo era pecador, sino que lo reconocía ante Dios y, reconociéndolo, mostraba una clara intención de cambio, de arrepentimiento, de lucha interior…De verdadero deseo de agradar a Dios confiándose completamente a Él y a su perdón. Amén
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