La palabra que ha de venir a nosotros en el día de hoy, a la vista de estas lecturas es: perseverancia, o constancia, si se prefiere. Porque la fe no es cosa de un día, ni de la experiencia de un momento, sino que aquello que empezó, quizás de manera silenciosa, quizás de forma milagrosa, sólo fue eso, el comienzo. El punto de partida. Aquel instante en el que dijimos: “hemos hallado al Mesías” (Jn 1:41). Pero ahora llevamos tiempo en pos de Él (¡y lo que nos queda si Dios lo permite!). Y muchas veces desfallecemos, o nuestra fe decae. Nos cansamos, nos hundimos en medio del tedio y de la monotonía. Los brazos se nos cansan y ya no los levantamos como antes, cada día, para la oración. “Mientras Moiśes tenía en alto las manos, vencía Israel…” Perseverar en la oración. Cada día. Y si necesitamos de otros hermanos para no sucumbir al desánimo, reunámonos, acudamos a ellos. El Cuerpo Místico de Cristo ha de permanecer unido. Nos necesitamos los unos a los otros.
“Permanece en lo que aprendiste” le dice Pablo a Timoteo. No es que un día escuchaste el mensaje de la salvación y ya fue suficiente, sino que esta palabra ha de ser recordada, y se ha de volver a ella continuamente, permanecer en ella, crecer en ella, para así llegar a la perfección necesaria para toda obra buena.
El Señor busca hombres y mujeres perseverantes, constantes, que no pierdan la esperanza a pesar de todo aquello que les pudiera tocar vivir. Hombres y mujeres que insisten en clamar a Dios porque están convencidos de que Él es el único que verdaderamente los entiende, el único que comprende por lo que están pasando, el único que los ama incondicionalmente, el único en definitiva, que hará que toda su vida en la tierra redunde en la gloria del cielo. Sabemos, hermanos, que la salvación no es de aquel que dice que recibió un día a Jesucristo; sino de todos aquellos que perseveran en cargar la cruz de Jesús cada uno de los días de su vida hasta el final (Mt.24:13). Amén.

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