Lc.1:26-38// El pasaje que hoy nos ocupa es el de la Anunciación. El ángel del Señor anunció a María…Y es de una riqueza extraordinaria. “Alégrate, llena de gracia”. María fue colmada de la gracia de Dios. Llena en plenitud. Dicho de otro modo: no podía haber recibido una cantidad mayor de la misma. Y esto se traducirá obligatoriamente en una ausencia total de pecado, tanto del original como de cualquier otro que pudiera haber cometido durante su vida terrena. No, María jamás pecó; María fue preservada por una singular gracia de Dios, del pecado original que aqueja al resto del género humano. La Madre del Redentor fue salvada por preservación. Requirió de aquella redención que su Hijo alcanzaría para todos en el Calvario; pero Ella, María, la recibió anticipadamente. ¿No es esto extraordinario? ¿No es para admirarse y gozarnos de la contemplación de los designios eternos de Dios? La salvación del género humano exigió de la Encarnación del Hijo de Dios, así como de su posterior sacrificio. Pero, ¿era realmente necesario que naciera de una mujer? (Gál. 4:4). Así estaba previsto y quedó por escrito en el relato del Génesis. En el primer libro de la Escritura, tras la caída de Adán y Eva, nuestro Padre Dios nos desvela ya el que será el plan de redención por medio de la simiente de la mujer. Si Eva es la madre de todos los hombres, María lo será de todos los redimidos por la sangre de su Hijo. El enemigo que engañó con su astucia y falsedad al hombre, será pisoteado por la simiente de la Nueva Eva: María (Gén.3:15).
Hoy celebramos el primerísimo instante de la existencia de María. Esto puede resultar chocante, incluso para muchos creyentes. Pues no en vano estamos acostumbrados a relacionar tal o cual dogma mariano con alguna imagen o advocación. Pero ésta es la verdad. La Inmaculada Concepción de María quedó definida como dogma el 8 de diciembre de 1854, por el papa Pío IX. Esta definición reconocía la decisión positiva del episcopado mundial, la doctrina del papa anterior, la difusión del culto y el sentimiento de la piedad popular. Y si la Iglesia celebra la concepción misma de María bajo esa extraordinaria condición, es porque en ella ve a la Madre del Salvador. En la Madre del tres veces santo no podía haber sombra alguna de pecado. Como puro había de permanecer el Tabernáculo y dentro de éste el Arca sobre el cual se apareció Dios, así permaneció pura la Virgen Madre del Salvador desde el instante mismo de su concepción. Ella fue pensada por Dios desde el principio. Y actuó en Ellla desde ese primerísimo instante. Esto es una señal inequívoca de que Dios piensa en sus hijos e interviene en nuestras vidas ¡desde la concepción! Porque desde el momento mismo en que Dios nos insufla el alma, somos hijos suyos, criaturas suyas. No somos fruto del azar, sino de la sabiduría eterna de Dios….
Para terminar, agregar que a pesar de aquel privilegio que convirtió a María en la primera criatura redimida (por preservación en este caso), Dios quiso que ella ejerciera de aquella libertad de la que todos gozamos. Su respuesta afirmativa al plan de Dios en su vida: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”, resume de alguna manera el plan de vida de la que es y será la criatura más excelsa, bella y perfecta que ha creado nuestro Padre. Ella, María, es el modelo más puro de santidad al que podemos (y debemos) de aspirar. Dejémonos acompañar por la Madre de Nuestro Salvador, pues ella mejor que nadie, conoce el camino para alcanzar el Corazón de su Hijo.
Bendita sea la Inmaculada Concepción de María.
Amén.

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Preciosa tu reflexión sobre la Concepción de María.
ResponderEliminarComo precioso es su Sí, su hágase.
Gracias de corazón, Iván
¡Me encanta!
ResponderEliminarSe entiende muy bien y es muy bonito.
Muchas gracias