Lc.21:25-28; 34-36// “Dijo Jesús a sus discípulos”. Este primer detalle no es de poca importancia, más aún teniendo en cuenta la envergadura de lo que a continuación va a revelar. Se lo dice a sus discípulos, no a todas las gentes de un pueblo, no a quienes pasaban por allí, ni siquiera a aquellos que se acercaban a escucharlo…A sus discípulos. Y les advierte de “lo que se le viene encima al mundo”. Llevamos ya unos días leyendo en el evangelio del día acerca de la segunda venido de Cristo, que estará acompañada de signos, calamidades, guerras, conflictos, agitación incluso de las fuerzas mismas de la naturaleza y de los astros del cielo…Todo ello provocará, como no puede ser de otro modo, temor y ansiedad en aquellos que lo vivan. El Día del Señor, profetizado en numerosas ocasiones, ya ha acontecido a pequeña escala (si se le puede aplicar ese adjetivo) a lo largo de la historia. Incontables son las ocasiones en las que los pueblos que habitan la tierra se han tenido que enfrentar a catástrofes de diferente tipo: guerras, epidemias, desastres naturales…Pareciera que esto fuera el precio a pagar por vivir aquí. Todo ello nos ha de recordar que la caída del género humano es una realidad que trae consigo consecuencias gravísimas. Sí, todo ello es debido a la desobediencia de nuestros primeros padres: al pecado. Y cada vez que acontecen estas sacudidas en el mundo, se nos está apuntando hacia el Día del Señor definitivo, días de tribulación y dolor; días de juicio, pero también de liberación, en los cuales sólo aquellos que estén preparados, saldrán airosos.
Pero, ¿quién podrá estar listo para algo así? ¿Es que debemos de ponernos a entrenar el cuerpo, hacer acopio de víveres y construir un bunker antinuclear? Nada más lejos de la realidad. Pensemos por un instante: ¿Quiénes son los que se alegran de la llegada de un rey? Sus súbditos. Aquellos que le pertenecen, que son parte de su reino. Lógicamente los que no le son suyos no tienen motivos para alegrarse, más bien para temer y salir corriendo. Por tanto, el regreso de Cristo habrá de ser motivo de alegría y gozo para los que son de Cristo. Y somos de Cristo en primer término todos los bautizados, porque formamos parte de su Cuerpo, esto es Su Iglesia. Ahora bien, no nos olvidemos lo que nos dice el Señor en este pasaje, ni ese detalle no menor que apunté al principio: dijo Jesús a sus discípulos…Porque si nos advierte es porque pudiera ser que algunos de los suyos, por estar ocupados en cosas que no les son propias, sino que pertenecen más bien al príncipe de este mundo: “juergas, borracheras y las inquietudes de la vida”, pudiera darse el caso, digo, de que les alcanzara este día con el corazón embotado, siendo su destino el mismo que el de aquellos que jamás reconocieron a Jesús como su Rey y Señor. Por tanto ¡mucho ojo! porque aunque el arca está preparada (esto es la Iglesia), y aunque hemos sido avisados por el Hijo, pudiera sorprendernos como ladrón en la noche, comiendo y bebiendo y dándonos en casamiento, y llegar el divulio para destrucción de todos; o como en los tiempos de Lot, cuando llovió fuego y azufre y acabó con todos, tras su salida de Sodoma (Lc.17:26-29).
Estad, pues, despiertos, dice el Señor, ocupados en las obras de la luz y no de las tinieblas (Ef.5:8-17), como quienes hemos comprendido que nuestra condena tiene un solo camino de redención, esto es el sacrificio de Cristo, salvador nuestro y Señor nuestro. Alcemos pues nuestra cabeza cuando Él venga, pues se acerca nuestra liberación, la liberación de los discípulos que permanecieron fielmente unidos a su Señor hasta el final (1Jn.2:28). Y, como discípulos que hemos recibido el mensaje de la salvación, proclamémoslo a los cuatro vientos por si aun estuviéramos a tiempo de salvar las almas de unos pocos. Es tiempo de arrepentimiento y conversión. Es tiempo de adviento. Amén.

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