El que cree en el Hijo, tiene vida eterna. (Jn. 3:36)

domingo, 15 de diciembre de 2024

Entonces, ¿qué debemos hacer?

 
 

 Lc.3:10-18//
“ Entonces, ¿qué debemos hacer?” Esto mismo es lo que le preguntaban a Juan cuando bautizaba en el Jordán, preparando el camino del Señor (Is.40:3-5), la llegada del Mesías. Ciertamente ya había llegado hacía casi tres décadas, pero ahora su manifestación era inminente. Y si viene el Mesías, ¿qué hemos de hacer? No nos damos cuenta de que la vida cristiana es una constante preparación para su llegada. Al menos la Iglesia es lo que pretende con su calendario litúrgico. Una y otra vez se nos invita y brinda la oportunidad de prepararnos para ese encuentro que, algún día será el definitivo, último y, en consecuencia, determinante. No habrá más oportunidades. Preguntémonos entonces lo mismo que aquellos que se acercaban al Bautista. Viene el Salvador: ¿qué he de hacer?..

   Juan no era aquel a quien esperaban, sino sólo un heraldo de Él, enviado a llamar al arrepentimiento debido a la cercanía del reino de los cielos (Mt.3:2). Y esa conversión que pedía tenía que traducirse en obras, en “frutos dignos de arrepentimiento” (Mt.3:8). Él los bautizaba con agua para, insistía, arrepentimiento, pero el que venía lo haría con Espíritu Santo y fuego (Mt.3:11). Supongamos por un instante que Juan y su llamado fueran todo medio conocido por los hombres para alcanzar su salvación. Es decir, que únicamente mediante el arrepentimiento, un signo externo del mismo (bautismo de agua) y un cambio en nuestra manera de comportarnos con los demás (frutos de arrepentimiento), debiéramos llegar a Dios. Quizás muchos piensen que esto es suficiente, y que la fe se trata de eso, sin embargo, aceptarlo supondría poder prescindir de Cristo y de su sacrificio en la Cruz. Se trata de un gravísimo y muy extendido error. Quizás al caer en la cuenta de esto que te digo ya no estés tan convencido de la validez de este camino… Es importante recordar siempre que, cualquier supuesto camino de salvación que pudiera prescindir de la Cruz de Cristo, no es real, y te llevará a la condenación. Dicho de otro modo, sólo por nuestras buenas obras, si es que pudiera así llamarse a algo que hagamos las pobres criaturas, jamás podremos salvarnos de la condenación que pesa sobre el género humano (Ef.2:8-9). Y es que si esto fuera posible, (el salvarnos por nosotros mismos) bastaría con procurar cumplir los mandamientos y preceptos de Dios recogidos en el Deuteronomio, la ley de Dios, aquella que le fue dada a Moisés. Y el mismo Bautista, habría venido como un profeta más, a recordarnos aquel camino que ya hacía 1200 años se nos había revelado en el Sinaí. Pero no, vino a revelarnos quién es el Salvador porque, amigos míos, ¡necesitamos un salvador y Dios nos lo ha procurado en su Hijo! No podemos llegar a la perfección de Dios por nuestras propias fuerzas. El arrepentimiento y las muestras de cambio de conducta son necesarias, pero no suficientes.
Hermano en Cristo que recibiste un día el bautismo de Jesús. Es tiempo de preparación, de conversión, momento propicio de arrepentirse y volver a caminar cerca del Señor. ¡Fuiste lleno del Espíritu Santo por la fe en Jesucristo! Lleno del espíritu de Aquel que puede perdonar tus pecados y llevarte a Su definitiva presencia. Es un momento propicio para la Confesión sacramental, para ser purificado por su fuego, por su misericordia y perdón. No somos paja, sino trigo de su granero.  Esa es la preparación del Adviento; esa es la alegría de la llegada del Salvador. ¡Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos! (Flp.4:4).
   Y tú, amigo no creyente que has tenido a bien leer estas líneas. A ti te digo, conviértete al Señor, pues es el único camino de salvación para tu alma. Arrepiéntete y escucha el llamado de Dios que te invita a volver a casa: “con cuerdas de amor los atraje hacia mí” (Os.11:4). Acércate a la Casa del Señor, habla con un sacerdote de Dios y empieza, hoy mismo, a prepararte para recibir por el bautismo, el fuego de su Espíritu.

   Que María Inmaculada, que porta en su seno virginal al Cordero de Dios que pronto ha de manifestarse para la salvación de sus hijos, nos ayude a prepararnos adecuadamente a ese encuentro con Él,

Amén.

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