¿Cuál es la causa de todos los males que aquejan al ser humano? Su cuerpo: la carne. Por causa de ser corpóreos, de tener un cuerpo, sufrimos multitud de machos. Padecemos sed, porque nuestro cuerpo necesita agua; padecemos los rigores del hambre, pues hemos de alimentarlo; nos cansamos y hemos de “tirar del cuerpo”, porque se fatiga…Y qué decir del sueño, de las lesiones corporales, de las enfermedades, del mal funcionamiento de alguna de sus partes…Y todo ello si nos referimos únicamente a aspectos meramente fisiológicos , del funcionamiento normal del cuerpo, o de las alteraciones del mismo.
Pero el cuerpo además es canal de entrada de no pocos machos espirituales. La carne, desde la caída de nuestros primeros padres (Adán y Eva), es el principal tirano al que hemos de someternos. “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Se lamentará Pablo en Romanos 7:24, al reconocer que mientras con el espíritu desearía hacer lo bueno, el cuerpo le impulsa a hacer lo contrario. Vivimos en una lucha constante entre la carne y el espíritu, al menos los cristianos…
¿Por qué afirmo que esta lucha es más propia del creyente? El cristiano al haber recibido el Espíritu de Dios por medio de la fe y del bautismo, es consciente de esta realidad, de esta lucha, de este combate espiritual, entre su yo carnal y su yo espiritual . La carne en sí mismo no es mala; Dios mismo nos hizo con un cuerpo. Pero el pecado original afectó profundamente a esta dimensión de la persona. La realidad del hombre es ésta: somos esclavos de nuestro cuerpo, de la carne, del pecado. Pero esto sin embargo no tiene por qué ser siempre así. Los que hemos recibido el Espíritu Santo, esto es, aquellos que creemos y seguimos a Cristo, hemos crucificado la carne para no vivir conforme a la carne, sino conforme al espíritu. Las obras de la carne son diferentes a las del espíritu. Si bien del deseo desordenado de la carne vienen las envidias, la lujuria, la ira, la codicia, el egoísmo…Del espíritu vienen la compasión, la paciencia, la bondad, la humildad, la mansedumbre, el perdón, el amor verdadero…. Sin duda, el hombre carnal no puede agradar a Dios. Todo lo contrario pasa con el espiritual, pues obra conforme a Su divina voluntad.
El pecador, aquel que resiste al espíritu, se cree libre de ataduras, pues su conciencia no le reprende cuando satisface sus deseos egoístas. El hombre espiritual, el creyente, vive consciente de lo que está bien y de lo que está mal, y aunque a veces es vencido por la carne, es capaz de decir NO en multitud de ocasiones; dicho de otro modo: ES LIBRE. Libre porque ha conocido la verdad y desea vivir conforme a ella. (Juan 8:32).
Caminar en la carne, vivir a merced de sus apetitos, sólo nos traerá infelicidad y perdición. La carne jamás está satisfecha, siempre desea algo más, algo nuevo. Y considera un fracaso todo aquello que le impide disfrutar plenamente: La enfermedad, el trabajo, las obligaciones, las prohibiciones, la religión…Todo aquello que trata de poner un poco de coto a su desenfreno lo considera malo. El demonio, la serpiente antigua, sabedora de que esto es así, no dejará de insinuarnos una y otra vez: “con que Dios os ha dicho…” (Gn. 3:1). Y usará al mundo con todos sus recursos para ofrecernoslo todo. ¿Qué hay en el mundo que no se vende? ¿Qué hay que no pueda conseguirse? Con dinero y con los contactos adecuados, todo es posible, para destrucción de nuestra alma y perdición del género humano.
Entonces, ¿el cuerpo humano es malo? No, en absoluto. Como ya dijimos antes, Dios nos ha dado un cuerpo. El mismo Hijo de Dios afirmó la condición humana con un verdadero cuerpo, un cuerpo mortal como el nuestro. Sin embargo, nuestro cuerpo actual es un cuerpo que se corrompe y por tanto no es el definitivo. Es un cuerpo que se va estropeando, como consecuencia del pecado. Este no era el plan original de Dios, como tampoco lo es la muerte ni la enfermedad. Todos ellos son machos con un origen común. (Sab. 1:13-14).
La mujer que padecía esa enfermedad que la permaneció encorvada 18 años sufrió mucho en su cuerpo. Los religiosos de la época no tardarían en achacar ese mal a algún pecado de la mujer, o de sus padres (conforme a la creencia popular de la época). Al inicio del pasaje se dice que su enfermedad era por causa de un espíritu. El mismo Jesús dice que responde a una atadura de Satanás. Dios no creó al hombre para que éste enfermara o sufriera, lo cual no quiere decir, y la experiencia así nos lo atestigua, que no lo permite con alguna finalidad. En el caso de esta mujer le valió para encontrarse con Jesús y que ésta fuera restaurada, es más, sirvió para que la mujer alabara a Dios. (Lc. 13:13). El hecho de que la curación se produjera en sábado no es tampoco casual. En el Sabbat el pueblo judío recuerda el día en el que Dios descansó de su obra de la Creación. Ese día, el judío debe dejar todo trabajo de lado, toda ocupación, para dedicárselo por completo a Dios, celebrando la Creación, celebrando el día de su reposo, celebrando a su Señor. Además, apuntará al descanso sin ocaso que nos espera al final de los tiempos. Es obra de Dios restaurar lo que está torcido, lo que no es conforme a su creación. Jesús, el Hijo de Dios vivo, restaura la espalda de la mujer enferma, y lo hace en Sabbat, porque es la obra creadora de Dios y porque el sábado es para los hombres (Mc. 2:27). Con ello además Jesús anticipa el día en que gozaremos de su presencia libre de este cuerpo de pecado, allí donde no habrá más enfermedad, más dolor ni lágrimas.
Necesitamos a Cristo en nuestras vidas porque estamos enfermos. Necesitamos al único que pueda sanar nuestro cuerpo y nuestra alma, librarnos de toda esclavitud, desatar nuestras ligaduras, haciéndonos caminar por el mundo pero sabiendo que no somos de este mundo, que nada le debemos. (Juan 17:16). No nos engañemos. Toda sanación del cuerpo vendrá si es la voluntad de Dios. No obstante, el que camina por el espíritu y no en la carne, sabe que todo dolor, todo sufrimiento, toda enfermedad o contrariedad en la vida pueden ¡y deben! ofrecerse a Dios. Que todo ello sirve para restaurar lo verdaderamente importante: nuestra alma, pues ni la carne ni la sangre pueden heredar el reino de Dios (1 Cor. 15:50). La carne mortal es pasajera. El alma es eterna, y sin embargo el destino de ambas están estrechamente ligados…
El Señor os bendiga,
Iván.
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